«Cachafaz», de Copi. Dir.: M. Pittier. Int.: G. Correa, C. Durañona, C. Acosta, J. Purita, M. Bulacio. Dir. de arte: H. Gallo. Banda sonora: E. Cardozo. Ases. coreog.: F. Arenilla y P. Erlich. Vest.: E. Pittier. (Club del Vino. Jueves y viernes, a las 24.)
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
"Cachafaz. Tragedia bárbara en dos actos y en verso" fue escrita hace ya veinte años, pero ni siquiera el paso del tiempo ha logrado apaciguar el carácter revulsivo de esta pieza que, sin levantar bandera alguna, es capaz de reírse de nuestros mitos y tabúes más ancestrales. Quizás esto ayude a explicar su demorado estreno en la Argentina, donde Copi todavía es considerado por algunos sectores poco menos que un autor marginal (y para marginales), con demasiada inclinación por los personajes travestidos, la ridiculización de la homofobia y la recreación alegórica y delirante de diversos aspectos y personajes de lo nacional. Esos que el imaginario popular sigue percibiendo como intocables.
Tal es el caso de su pieza «Eva Perón», estrenada en los años '70 en París, en medio de un enorme escándalo, provocado justamente por un grupo de argentinos. Como es sabido, Copi ( Raúl Natalio Damonte Taborda) desarrolló una extensa y prestigiosa carrera en Francia, donde murió en 1987 víctima del sida. Saltó a la fama gracias a sus tiras cómicas en «Le Figaro» («La mujer sentada») pero fue su producción dramática, frecuentada especialmente por Jorge Lavelli y Alfredo Arias -quien estrenó «Cachafaz» en 1993- la que le dio renombre.
En Buenos Aires, felizmente, de tanto en tanto se conoce algún nuevo título suyo, en este caso dirigido por Miguel Pittier, que en el '97 ya montó «Las viejas putas», una desopilante historieta escénica basada en las tiras de Copi anteriormente mencionadas. Con «Cachafaz», Pittier ofrece un trabajo de delicada factura que logra disimular los desniveles de la pieza, sobre todo a nivel estructural. El dinamismo de su puesta, enriquecida con aportes musicales (una especie de «Glorias porteñas», pero con mayor delirio y contenido argumental), se complementa con una sencilla ambientación (telón rojo y candilejas) que hace que el espectador se sienta transportado a los escenarios de 1920.
Por otra parte, las magníficas actuaciones de Gabo Correa ( La Raulito) y Carlos Durañona ( Cachafaz), junto a Carlos Acosta, Jana Purita y el músico Mario Bulacio, también de destacada labor, ayudan sin duda a que la obra no se empantane con las pueriles procacidades del inicio y vaya ganando forma hasta convertirse en una tragicómica alegoría rioplatense, cuyos parlamentos en verso evocan cálidamente nuestro teatro gauchesco, pero cuyas situaciones absurdas y de marcado humor negro remiten irremediablemente a la violencia y a las erráticas ambiciones de una nación que todavía se pregunta por su identidad.
Dejá tu comentario