"Nadie puede ver 'El exorcista' sin sufrir algún tipo de daño psicológico." El prestigioso psiquiatra de Chicago Louis Schlan afirmó esto sin ponerse colorado en 1973, cuando el film de terror más taquillero, polémico y premiado de la historia era la sensación del año. Hoy nadie recuerda a ese psiquiatra, ni tampoco las ambulancias ubicadas en las entradas de los cines de todo el mundo esperando espectadores lo suficientemente asustados como para necesitar un enfermero.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En cambio, la película de William Friedkin sigue provocando titulares, y no por shocks nerviosos ni daños psicológicos, sino por los 40 millones que recaudó al ser reestrenada el año pasado en los Estados Unidos, con una nueva mezcla digital de sonido y 11 minutos de imágenes adicionales, entre viejos descartes cortados originalmente por el director, y algunos retoques realizados especial-mente para este nuevo lanzamiento.
Es gracioso, pero con la misma vehemencia que en el '73 muchos críticos aseguraron que esta película era una bazofia truculenta que no había que ver. En su reestreno estadounidense, muchas rese-ñas afirmaron que cada uno de los 11 minutos de nuevo material agregado ahora por Friedkin constituye una auténtica blasfemia que merecería una condena del Vaticano. Aún sin aprobar cada retoque realizado ahora por Friedkin para este reestreno, hay que entender que muchos pueden surgir de las múltiples dudas e inseguridades que enfrentó el director durante el atribulado rodaje. Sus nervios eran comprensibles: la novela de William Peter Blatty era excelente y muy difícil de filmar, y plasmarla en imágenes de una manera fiel significaba sobrepasar por lejos los límites de una gran producción hollywoodense en temas de lenguaje obsceno, sensibilidad religiosa y terror gráfico.
Sin darles crédito a las supuestas maldiciones satánicas y hechos misteriosos ocurridos a lo largo de toda la producción, de lo que no hay duda es que un realizador que dirige a sus actores disparando balas de salva al aire para darle un clima de tensión al asunto no está en uno de sus momentos de mayor armonía creativa. En esos tiempos, a Friedkin le decían Wild Bill, y su temperamento salvaje no le trajo muchos amigos: despedía técnicos en medio de insultos, cambiaba los planes sin previo aviso y hasta le encargó un score a Lalo Schifrin para luego arrojar las cintas con la música a la calle.
La posproducción demoró mucho más de lo planeado, no sólo por experimentar con mezclas de sonido inéditas para el cine de la época (un trabajo memorable que valió uno de los dos Oscar que cosechó el film, el otro fue a Blatty por el guión), sino además por trabajar intensamente para darle la mejor forma posible al inmenso rompecabezas de tomas, diálogos y efectos especiales ópticos y de maquillaje preparados durante los meses previos. Por eso, escenas enteras, imágenes subliminales sobreimpresas o pequeñas sutilezas de montaje y sonido generaron dudas que, con el fenómeno sin precedentes provocado por el film luego de su estreno, deben haber seguido rondándole en la cabeza al director por décadas.
Por eso también es probable que, más allá de la estrategia de marketing que supone tener una nueva versión de «El exorcista», no se debería dudar de la honestidad del realizador en el momento de agregar cambios que en muchos casos agrandan el universo de la pequeña Reagan, del padre Karras y del ritual que prepara el padre Merrin. Precisamente, el personaje de Max Von Sydow estaba entregado con cuentagotas, y lamentablemente apenas hay dos o tres detalles nuevos alrededor del anciano exorcista jesuita.
Cada uno de esos detalles justifican por sí solos la inversión del millón de dólares que requirió este «director's cut». Otros agregados son interesantes, como algunos rostros demoníacos reflejados en paredes y ventanas de la casa de la poseída, su publicitada acrobacia deforme bajando una escalera, o una secuencia entera de tratamientos médicos previos a las primeras señales claras de pose-sión. Todos estos nuevos detalles agregan una cosa para quitar otra, tanto en clima como en coherencia argumental, e incluso en sustos. Salvo el gratuito chiste del policía Lee J. Cobb al final, los nuevos inserts no alteran la sustancia de una obra maestra que sigue siendo terriblemente actual. Y lo que termina por inclinar favorablemente el resultado es el nuevo trabajo de sonido. Si el original ya era brillante, la nueva mezcla digital le da toda una nueva dimensión de horror a un film que aun visto en un televisor blanco y negro puede llenar de temor religioso al menos creyente de los espectadores.
Dejá tu comentario