7 de enero 2004 - 00:00
Los "Diarios" de Alejandra Pizarnik, editados con pudor
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Alejandra no tardó en abandonar los estudios universitarios, y durante un tiempo estudió pintura con Juan Batlle. Los dibujos y pinturas de Pizarnik son sorprendentes; algunos delatan su admiración por Paul Klee («Las aventuras perdidas», su tercer libro de poemas -1958-, lleva en ilustración un cuadro de Klee), su pintor favorito junto con el Bosco, en una de cuyas más conocidas obras se inspiró para «La extracción de la piedra de locura».
De vuelta a Buenos Aires publicó «Los trabajos y las noches» (1965).
Ese año también es el de su único libro extenso en prosa, «La condesa sangrienta», recogido en volumen en 1971. «Extracción de la piedra de locura» (1968), con poemas escritos entre 1962 y 1966, y «El infierno musical» (1971) concluyen la obra publicada en vida. En los dos últimos años exploró su vertiente más salaz, obscena y grotesca. Hasta enero de 1972, durante cinco meses estuvo internada en un psiquiátrico. Acabó viviendo plenamente de noche, bebiendo té e ingiriendo grandes dosis de psicotrópicos. Una de estas ingestas le fue fatal.
La publicación de sus «Diarios» es una edición censurada. El prolongado proyecto editorial que ahora llega a término ha estado en todo momento sometido a las condiciones impuestas por Myriam Pizarnik, heredera de la obra de su hermana, notablemente la de que se hiciera una selección de fragmentos de contenido estrictamente literario en los que se evitaran las referencias a la vida privada de Alejandra y de las personas mencionadas. Ahora bien, ¿cómo segregar en un «Diario» lo personal y privado de lo público (o publicable) y literario?
La selección de un corpus diarístico puede hacerse, claro está -un ejemplo célebre es «A writer's diary», la versión expurgada del «Diario» de Virginia Woolf editada por su marido en 1953-, pero a condición de explicar los criterios de selección con claridad meridiana.
Transformar en criterios editoriales las prevenciones de terceras personas, impuestas bajo la amenaza de sanciones legales, es bastante grave. En otro plano, el del establecimiento del texto y el aparato de notas, la presente edición se rige por criterios de difícil comprensión. Así, se ofrecen en el texto las siglas onomásticas, pero rara vez se aclaran en nota. Esto hace que las escasas notas referenciales (Arturo Cuadrado, Olga Orozco, Cristina Campo o Alberto Manguel) parezcan meramente caprichosas. El lector se ve confrontado en no pocas entradas, sobre todo en los años 1969-1971, a una verdadera sopa de letras.
A. M. B. puede ser Ana María Barrenechea; E. P., Enrique Pezzoni; S. O., Silvina Ocampo; I. B., Ivonne Bordelois. Pero, como diría afrancesadamente Pizarnik, ¿»qui sait»? ¿Quiénes son J. y E. en Buenos Aires en 1958; T., Z., F., G. en París en 1961, y en 1963 Y., Q., M. L., A. D., M. J., A. P. de M. (seguramente André Pieyre de Mandiargues, pero ¿no se merece, tanto como Manguel o Campo, una humilde nota?).
¿Que el lector puede leer esta selección de sus «Diarios» con deleite? Sin duda. Quien conozca su obra hallará en estas páginas muchas de las obsesiones y modismos de la escritora. Sólo cabe esperar ahora que alguien menos respetuoso de los tabúes familiares y nacionales logre editarlos en su integridad.


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