El desencanto del film está encarnado en el padre de Caterina, el profesor Giacovoni (el estupendo Si el profesor Giacovoni no tiene un lugar en el mundo, si Roma no le da siquiera la mitad del cuarto de hora necesario en el que pueda decir su mensaje, para Caterina el panorama es peor: no sólo debe cargar con la desubicación ambiental y la marginación intelectual, sino que también debe sobrellevar, avergonzadamente, los excesos de su padre, que poco ayudan para que termine de integrarse a su nueva vida.
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