Igualmente, algo de ambas películas queda en esta historia de un profesor que, jubilado de prepo, se ve obligado a vender el departamento de su mujer, y empezar una nueva vida en el campo. Ahí están el docente como aristocrático luchador solitario, la solidez de la pareja, la frustración final apenas señalada, la belleza de las sierras (ahora, las de Villa Dolores), y hasta la iluminista imposición de clásicos literarios a una pobre chica de campo, por un lado, y, por otro lado, el enojoso dialogo con España, con el hijo que descuida su talento, y con el propio país que va destruyendo a cualquiera, aunque en este caso, francamente, el propio personaje se autodestruye, con su mal carácter y sus pequeños vicios.
Queda también un poco del humor crítico de anteriores películas, y aparece, como tímidamente, algo nuevo: cierto humor tierno, y un callado elogio del amor maduro, en la segunda parte del relato. Dos cosas valiosas, aunque también se apreciaría un poco de emoción, e incluso de originalidad.
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