7 de junio 2001 - 00:00

Luminoso film sobre un amor perturbador

Innocence.
"Innocence".
«Innocence» (íd., Australia-Bélgica, 2000; habl. en inglés). Dir.: Paul Cox. Int.: J. Blake, Ch. Tingwell, T. Norris, R. Menzies y otros.

Ante el acecho del amor, el anciano Borges -que siempre se confesó un cobarde en la materia-sólo pudo ocultarse o huir. Ese subterfugio sería, desde luego, el más sencillo para los protagonistas del luminoso film del australiano Paul Cox, «Innocence», que sin embargo -a diferencia de él- se atreven a correr el riesgo aunque ya no los acompañe ni la felicidad de un cuerpo con el que gozarlo en plenitud, ni la promesa de un futuro en el que vivirlo.

Pero los riesgos de «Innocence» no terminan allí. Una película cuya pareja de amantes supera los 70 años no es algo habitual, ya desde el momento en que su simple enunciación representa un desafío a la comodidad del espectador, que naturalmente prefiere otro tipo de identificaciones. El amor, y más aún la sexualidad entre ancianos molesta, y es justamente sobre esa sensación embarazosa que Cox construye una historia que trasciende sus propios límites y que, de alguna forma, termina siendo purificadora.

«Innocence» es una película de amor, pero de un amor escandaloso y perturbador. Sus protagonistas, el músico Andreas (Charles Tingwell) y Claire ( Julia Blake) se conocieron de adolescentes en la Bélgica de posguerra, pero jamás pudieron consumar su deseo. Los separaron circunstancias triviales (el padre de él se oponía a la relación) y desde entonces nunca más, hasta que se redescubren viviendo muy cerca, en Australia, volvieron a saber de ellos.

Andreas enviudó hace treinta años, vive solo y lo asisten semanalmente la mujer de la limpieza y, con menos frecuencia todavía, su propia hija. Claire transcurre sus días pacífica y rutinariamente en su matrimonio de 45 años con un marido con el que hace más de dos décadas que no hace el amor, aunque ninguno de los dos se lo cuestiona. Tienen un hijo, médico, y un hogar de clase media próspero.

El reencuentro de Andreas y Claire está contrapuesto en la película con escenas de ellos mismos de jóvenes, casi siempre junto a un tren que parte (las imágenes son muy hermosas, y recuerdan la estética de las fotografías de los muchos amantes anónimos que tomó Robert Doisneau). Ahora ya no hay proyectos, y la degradación de sus propios cuerpos parece contradecir esas sensaciones que ellos reviven inmodificadas.

Sin ocultamiento ni fuga, la decisión de reemprender la relación produce un terremoto, no sólo en ellos mismos sino en todo su entorno. Para Andreas, según lo confiesa a su hija, sobreviene la posibilidad de volver a tener recuerdos vivos y no solamente memoria (
«¿Cuándo los recuerdos se transforman en simple memoria?», le pregunta).

Para Claire, la inesperada revelación también posibilita otra exploración a la que no le escapa la película, el humor, puesto al servicio de un comentario irónico: el amor, a esa edad, no puede ser entendido por los demás sino como enfermedad. Claire confiesa la relación a su marido, y lo primero que él hace -antes de desesperar por ese ataque a la «tranquilidad de nuestros últimos años»- es mandarla a revisar por su propio hijo.

La película, seguramente, no es perfecta. Podría reprochársele una verbalización demasiado excesiva de ideas sobre el tema del que se ocupa (reproche que en el mismo sentido le cabría, por ejemplo, a todo el cine de
Bergman o Antonioni). Sin embargo, esas ideas nunca dejan de ser interesantes. Y las imágenes y la sutileza que emplea Cox para los momentos más osados (como la primera relación sexual) son cautivantes.

La resolución, en manos de otro director, podría haber sido demasiado melodramática. Acá es justa y coherente con la base de la historia. Es lo que lleva a prescindir en esa relación de los componentes aparentemente indispensables del amor como la armonía y la seducción, y que se resume en la más feliz de las frases de Claire:
«El amor es más real cuanto más cerca está de la muerte».

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