«Marc, la sucia rata» (Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: L.F. Calderón. Int.: D. Mackenzie, D. Ritto, D. Gloria, Geniol, A. Musso, P. Telepata y elenco.
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S i bien hay alguna mención a la heroína y las pastillas, la cocaína y la marihuana tienen un papel esencial en esta película alternativa nacional. Sin embargo el consumo sistemático de estas sustancias no logra el climax extático de la mejor escena de «Marc, la sucia rata»: el taxista verborrágico (que interpreta Geniol, personaje mítico del under nacional), para su auto, abre el baúl, y exhibe orgulloso un maletín lleno de distintos modelos del auténtico yo-yo Russell («se mira y no se toca!»). Mientras Geniol se lanza a una apabullante exhibición de yo-yo (que seguramente provocará ovaciones de su público), el espectador se pregunta por qué el director no le permitió al protagonista Diego Mackenzie jugar un rato más con el tiki-taka que lo entretiene en uno de sus repetidos encuentros con el policía acosador encarnado por Daniel Ritto.
Como si fuera un dibujito animado en el que la Pantera Rosa tiene que aguantar a su antipático e impersonal vecino, o una de esas rutinas de Abbot y Costello escritas para aparecer una sola vez por film, pero que alguien editó y repitió durante más de 90 minutos en un raro ejercicio vanguardista, el policía se le va a aparecer dos o tres veces por acto al pobre Marc para hacerle, con mínimas variaciones, preguntas como «¿Usted está drogado?», para luego llevarlo a la seccional.
Una vez que el espectador se conecta con el chiste, que funciona a base de insistencia monocorde, puede apreciar algunos diálogos y situaciones surrealistas, desprolijas hasta lo punk, que no dejan de tener su gracia. Marc es una especie de pariente hard core del Paolo, aquel viejo discípulo de Badía que estaba siempre «reeeloco». Marc y el policía tienen sus momentos, algunos buenos, pero en general abusan del tiempo en pantalla. Divina Gloria en cambio apenas si aparece; Pepe Telepata se suicida con auténtica clase, y Geniol cuenta historias sobre cárceles siberianas, además de brillar con su yo-yo.
Con un pie en el under de los '80 y otro en el fenómeno del cine «indie» experimental actual, «Marc, la sucia rata» puede verse como un delirante y tragicómico comic que no se toma muy en serio a sí mismo, o como un profundo y anfetamínico poema visual lleno de diálogos brillantes propios de la obra de José Sbarra en la que se basa. En cualquiera de las dos opciones, se pasa de la raya; con menos metraje que sus 105 minutos, sería una rareza divertida, sin peligro de sobredosis. D.C.
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