10 de julio 2026 - 13:40

Marcel Proust en la era de la distracción

A 155 años de su nacimiento, el autor de “En busca del tiempo perdido” dialoga con un siglo XXI que archiva todo y recuerda cada vez menos. Entre el Nobel que nunca recibió, el caso Dreyfus, las adaptaciones al cine y la crisis de la lectura.

Marcel Proust: a 155 años de su nacimiento, su obra dialoga de una forma extraña con nuestra época.

Marcel Proust: a 155 años de su nacimiento, su obra dialoga de una forma extraña con nuestra época.

Cuando le otorgaron el Premio Nobel de Literatura a Patrick Modiano, en 2014, Peter Englund, entonces secretario permanente de la Academia Sueca, lo llamó “el Marcel Proust de nuestro tiempo”. La motivación oficial del premio hablaba del “arte de la memoria” con el que Modiano había evocado destinos humanos difíciles de aprehende, pero dejaba una ironía al descubierto: Proust, el escritor al que se invocaba para medir a otros escritores, jamás recibió el Nobel. En esos primeros años, el premio podía recaer en nombres hoy olvidados, como José Echegaray, distinguido en 1904 junto con Frédéric Mistral. En 1922, año de la muerte de Proust, fue para Jacinto Benavente.

La historia, y no los premios, se encargan de poner las cosas en su lugar. Por eso, la pregunta hoy no es si Proust fue más grande que sus contemporáneos premiados sino qué puede decir Proust todavía en una época que conserva más archivos que ninguna, y lee menos literatura que casi todas las anteriores.

Nacido hace exactamente 155 años en París, el 10 de julio de 1871, la referencia habitual a Proust es la memoria. La magdalena, el sabor que devuelve la infancia. Ese camino está gastado. La escena más famosa de la literatura moderna terminó convertida en un cliché cultural. Lo más interesante de Proust hoy no es que haya escrito sobre la memoria, sino que mostró que la memoria nunca llega intacta. Recordar es corregir, deformar, seleccionar, operaciones que lo ligan tanto a Borges como a Freud.

Hasta la magdalena fue una construcción. En sus borradores, el disparador de la memoria no nació como magdalena: antes fue pan duro, después tostada, luego otra forma de bizcocho, hasta llegar al emblema definitivo. La escena que durante décadas se leyó como milagro de la memoria involuntaria fue también una decisión técnica. Proust editó el pasado con fines literarios.

Ahí aparece su actualidad más concreta. Vivimos rodeados de memoria tercerizada. Selfies, audios, chats, videos, historiales de búsqueda, nubes, carpetas, etiquetas. Nunca se registró tanto. Nunca fue tan fácil confundir almacenamiento con experiencia. Un teléfono puede guardar la infancia de un hijo en miles de imágenes, y ahora modificadas por IA, pero no puede decidir cuál de esas imágenes será verdadera dentro de treinta años. El archivo conserva; la conciencia organiza. Proust escribió, antes de la era digital, contra esa ilusión.

La Biblioteca Nacional de Francia conserva el gran fondo proustiano porque Proust guardó sus manuscritos; después de su muerte, pasaron a su hermano Robert, luego a Suzy Mante-Proust, hasta ingresar en la institución en 1962. Gallica, la biblioteca digital de la BNF, permite consultar gratuitamente libros, prensa, manuscritos, imágenes, mapas y documentos sonoros. El autor que exige una de las lecturas más lentas de la literatura moderna, a través de los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”, está hoy disponible con la velocidad del archivo digital.

La cultura digital resolvió el acceso y agravó la atención. Proust está más cerca que nunca, pero también más lejos. Se lo puede bajar, buscar, citar, pero leerlo sigue exigiendo algo que ninguna plataforma puede producir por sí misma, la paz y disposición interiores.

Los datos no autorizan el lamento fácil de que “ya nadie lee”. Se lee todo el tiempo: mensajes, posteos, subtítulos, titulares, pantallas. Lo que retrocede es la lectura larga, literaria, sostenida. En Estados Unidos, la National Endowment for the Arts registró que en 2022 el 48,5% de los adultos había leído al menos un libro en el último año, contra 54,6% diez años antes; la lectura de novelas o cuentos cayó al 37,6%, el nivel más bajo de la serie. En la Argentina, la Encuesta Nacional de Consumos Culturales 2022 (ya no se hacen desde entonces) encontró que la mitad de la población leyó al menos un libro en papel o digital durante el último año, con predominio del papel y con el celular como principal dispositivo de lectura digital entre quienes leen en ese formato.

Proust fue siempre minoritario. “En busca…” completa nunca fue lectura masiva. La diferencia es que antes la cultura literaria conservaba una ficción de centralidad: aunque pocos lo leyeran entero, todos aceptaban que allí había algo importante. Hoy esa ficción se derrumbó. El lector de Proust existe, pero ya no representa una aspiración general. Es un “lector de culto”.

Eso no vuelve a Proust un escritor muerto. Al contrario: lo vuelve un testigo contra el presente. Una novela que exige lentitud funciona como una objeción práctica contra una época organizada alrededor de la interrupción, de las pausas publicitarias. Hasta en el Mundial tenemos ahora “pausa de hidratación” para que consumamos más publicidad.

Degradación antisemita de Alfred Dreyfus. Marcel Proust fue uno de los primeros escritores en tomar partido por el militar francés injustamente acusado.

Degradación antisemita de Alfred Dreyfus. Marcel Proust fue uno de los primeros escritores en tomar partido por el militar francés injustamente acusado.

El Proust político

También conviene rescatar al Proust político, enterrado bajo el Proust el de la sensibilidad. El caso Dreyfus fue una grieta en la Francia de sus tiempos: antisemitismo, Ejército, prensa, justicia, nacionalismo, Iglesia, opinión pública. El Museo del Holocausto de Estados Unidos recuerda que el juicio y encarcelamiento de Dreyfus, junto con las manifestaciones públicas de antisemitismo en Francia, influyeron en Theodor Herzl y en la formulación temprana del sionismo político.

Pese a que sólo Émile Zola se asocia al combate en esta causa, por su famoso “Yo acuso”, Proust fue uno de sus tempranos defensores. Fue uno de los primeros creyentes en la inocencia del capitán judío alsaciano y logró conseguir el apoyo de Anatole France a la causa de Dreyfus. Ese dato importa porque modifica la lectura del mundo proustiano. Proust no fue apenas el cronista de salones, duquesas y frases mundanas.

Swann no es sólo un enamorado ridículo de Odette. También es un judío aceptado, admirado y al mismo tiempo marcado por una aristocracia que lo incorpora sin absolverlo. Los Guermantes son una maquinaria social.

Ese Proust político conversa mejor con nuestra época que el Proust decorativo. Una sociedad digital también convierte a las personas en signos rápidos. El antisemitismo de salón no es idéntico al linchamiento en una plataforma, pero ambos reduccn una vida a una marca. Proust entendió cómo el prejuicio podía circular bajo formas civilizadas, a través de sutilezas como una frase dicha en una cena, un cambio de tono.

Alain Delon como el barón de Charlus en “Un amor de Swann”, de Volker Schlöndorff

Alain Delon como el barón de Charlus en “Un amor de Swann”, de Volker Schlöndorff

Proust y el cine

El cine se acercó a Proust con una mezcla de ambición y derrota. La Harvard Film Archive reunió algunas de esas tentativas bajo la idea de un “cine proustiano”: “Un amor de Swann”, de Volker Schlöndorff; “El tiempo recobrado”, de Raoul Ruiz; “La cautiva”, de Chantal Akerman. Todas son aproximaciones parciales, tal como ocurre con las novelas infilmables.

La versión de Ruiz, “El tiempo recobrado”, de 1999 (proyectada en el Festival de Mar del Plata), tiene defensores respetables, aunque falla por exceso de confianza en su propia inteligencia visual. Ruiz entiende que la memoria proustiana no es lineal, pero demasiadas veces traduce esa complejidad en puesta en escena.

Más revelador es el Proust que Visconti siempre quiso pero nunca pudo filmó. Visconti era el candidato natural: aristocracia, decadencia, belleza. “El Gatopardo” y “Muerte en Venecia” ya son, a su modo, películas proustianas. En agosto de 1970, al terminar el rodaje de “Muerte en Venecia”, Visconti almorzó con Dirk Bogarde y le habló de su viejo deseo de filmar “En busca del tiempo perdido”.

El plan era desmesurado: guion de 363 páginas, locaciones en Francia y Venecia, cuatro horas de duración, Silvana Mangano como Oriane de Guermantes, Alain Delon como Marcel, Charlotte Rampling como Albertine, Brando considerado para Charlus, aunque los productores preferían a Laurence Olivier. Cuando le pidieron más tiempo para financiar semejante empresa, Visconti se ofendió y se fue a preparar “Ludwig”.

Eso también es proustiano. La obra que convirtió la memoria en forma literaria terminó en el cine como archivo de proyectos inconclusos, cartas, contratos, resentimientos y versiones fantasma. Visconti no filmó a Proust; quizá por eso su Proust sigue pareciendo más poderoso que muchas adaptaciones existentes. El film no realizado conserva una ventaja: todavía podemos imaginarlo.

Proust no pertenece al museo sino a la discusión sobre el presente. El archivo digital puede conservarlo y ponerlo al alcance de cualquiera. El cine puede rodearlo con imágenes. La academia puede clasificar sus manuscritos. Los aniversarios pueden recordarlo cada 10 de julio. Pero Proust empieza de verdad cuando alguien se sienta a leerlo sin apuro.

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