En “Dos pianos” (Deux pianos), el francés Arnaud Desplechin vuelve a varias de sus materias preferidas: personas que regresan demasiado tarde, amores que sobreviven como lastres paralizantes, familias organizadas alrededor de secretos, y una idea de la pasión que, sobre todo en este caso, limita el poder de la lucidez dramática.
"Dos pianos", pero demasiadas notas en un film francés
El nuevo film de Arnaud Desplechin confirma el oficio formal del director y el magnetismo de Charlotte Rampling, aunque también exhibe los límites de un cine que confunde intensidad con énfasis
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François Civil y Charlotte Rampling en una escena de "Dos pianos"
La película parte de una premisa fuerte: Mathias Vogler (François Civil), pianista francés, vuelve a Lyon después de una larga permanencia en Tokio. Elena (Charlotte Rampling), su antigua mentora, lo convoca para preparar una serie de conciertos. Pero esa línea se desvía cuando Mathias ve en un parque a Simon (Valentin Picard), un niño que parece su doble cuando él tenía esa edad. Ese encuentro lo conduce otra vez a Claude (Nadia Tereszkiewicz), la mujer que amó y sigue amando.
Lyon no está usada como decoración turística sino como espacio de tránsito, de reapariciones y persecuciones. El libro sostiene que el pasado no vuelve como una explicación sino como una presión y, en las mejores escenas, cada plano parece cargado por algo anterior. También hay una virtud formal en el modo en que la música organiza la película.
El trabajo interpretativo es, en varios tramos, más convincente que la estructura dramática. Civil compone a Mathias como un hombre dañado, a veces caprichoso, arrastrado por lo que no resolvió. Tereszkiewicz le da a Claude una ambigüedad que evita la simple figura del amor perdido, aunque, deliberadamente o no, asume una máscara de vulgaridad, de mujer poco interesante, que contradice su lugar de objeto pasional. Rampling, como Elena, hace valer su oficio de tantos años: seca, autoritaria, orgullosa, y por eso mismo más atractiva. Hippolyte Girardot, como Max (el agente de Mathias), aporta una energía lateral que le sirve a una película demasiado inclinada al peso emocional.
Desplechin filma con buen pulso un relato que busca evitar la rigidez y la solemnidad, pero el precio que paga por eso es demasiado alto. El reencuentro de Mathias con Claude, cuando él baja de un ascensor, la ve y se desmaya, es el ejemplo más claro. La escena quiere condensar años de ausencia, deseo y culpa, pero sólo consigue una imagen de héroe romántico tardío, casi a lo Werther, que debilita (o hace caer en el ridículo) lo que podría haber sido resuelto con sólo una mirada silenciosa. La estilización de ese “tardo-romanticismo”, que ni siquiera es rasgo distintivo del film sino que se limita a esa escena, no contribuye a sostener el drama.
Ese subrayado reaparece en la decisión de Elena de retirarse, llamar a Mathias como sucesor y anunciarlo de manera sorpresiva. Allí el melodrama es más mecánico; la sorpresa busca sustituir una elaboración dramática que la película no termina de construir. El vínculo entre Elena y Mathias tenía una potencia mayor, pero el golpe de efecto achica el conflicto.
La película funciona mejor cuando baja el volumen. La confesión de Elena a Mathias sobre la amenaza del Alzheimer, y sobre el modo en que esa amenaza decide su retiro, es una de las mejores escenas. Allí también hay melodrama, pero sostenido por una verdad interna. Elena no se entrega a la autocompasión, y en un personaje construido sobre la autoridad y la dureza, esa admisión tiene más fuerza que cualquier revelación sorpresiva. Rampling entiende la escena: no la actúa para conmover.
Por eso resulta frustrante que la película no se concentre más en la relación Elena-Mathias. Ese es el núcleo más interesante: el de una mujer que todavía quiere decidir sobre el destino de su discípulo, y el de un hombre que sigue viviendo bajo esa mirada. Allí había una película más severa, menos entregada a desbordes emocionales que parecen más de estilo que de necesidad dramática.
Desplechin, sin embargo, es Desplechin. Su cine prefiere la acumulación a la economía de recursos. Trabaja con melodrama, literatura, familia, enfermedad, deseo, duelo, secretos. El problema aparece cuando todos esos materiales reclaman un mismo nivel de intensidad, que no encuentran, y entonces el film empieza a competir consigo mismo. Cada escena quiere ser decisiva..
El triángulo amoroso entre Claude, Mathias y Pierre (Jérémy Lewin, de escasa participación) es una de las zonas donde la película pierde precisión. Ese conflicto, en lugar de fortalecer el vínculo central entre Elena y Mathias, lo desplaza hacia un melodrama convencional. A eso se suma la cuestión de la presunta paternidad de Mathias respecto de Simon, que termina empujando el film a una literalidad innecesaria.
La escena de Simon en el parque, su caída y el parecido físico idéntico con Mathias niño pertenecen a esa zona de exceso. La idea del doble podía funcionar como perturbación, pero el libro la convierte en evidencia. La foto que Mathias encuentra en casa de su madre, Anna (Anne Kessler), donde él aparece a los ocho años, como una réplica del Simon actual, es inverosímil.
Estos excesos no destruyen “Dos pianos”, pero la limitan. Hay una buena película buena dentro de la película. Es despareja porque no distingue intensidad de énfasis. Sus mejores momentos confirman a un director con sentido de la forma, oído para los actores y confianza en el peso de las relaciones; los peores muestran a un cineasta demasiado enamorado de sus propios mecanismos melodramáticos.
Nota: La obra que ensayan Mathias y Elena en su primer encuentro es el “Concierto para dos pianos y orquesta”, de Max Bruch. Es sorprendente que, en sus notas iniciales, tenga tanta similitud con el Himno Nacional Argentino. Una coincidencia propicia para la fecha.
“Dos pianos/Deux pianos” (Francia, 2025). Dir.: Arnaud Desplechin. Int.. François Civil, Charlotte Rampling, Nadia Tereszkiewicz.



