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7 de marzo 2025 - 15:14

Mario Alarcón: "Los personajes de malos son siempre más interesantes"

A punto de cumplir los 80, el polifacético actor continúa en plena actividad. Recordado en especial por su juez en "El secreto de sus ojos", desde hoy se lo verá en el film de terror "1978"

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Mario Alarcón en el papel de torturador en una escena de "1978"

Polifacético, Mario Alarcón aparece esta semana como el jefe de torturadores de la película de terror “1978” (un tipo de humor negro, cínico, cuyo grupo comete la torpeza de arrestar a los miembros de una secta satánica) mientras prepara el personaje de un pobre viejo compungido por la muerte de su amor, para la obra teatral “El suelo que sostiene a Hande”, próximo estreno en el Teatro San Martín. Y eso no es lo único que mostrará esta temporada. “Nunca me falta trabajo, pero ya voy a cumplir 80 años y espero trabajar un poco menos”, dice. Dialogamos con él.

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Periodista: ¿Es cierto que “La mano que sostiene a Hande” surge de un hecho real?

Mario Alarcón: Si, el asesinato de Hande Kader, una activista transgénero que los fanáticos quemaron viva. Eso pasó en Turquía, no hace mucho. Fue inmolada de modo espantoso. ¡Pensar que todavía hay tanta intolerancia! Entre nosotros, hoy en día eso ha cambiado bastante, pero yo recuerdo cuando en los años ’50 las señoras hablaban en voz baja de un homosexual como si fuera un tuberculoso. Peor, de los que se sentían fuertemente mujeres. Yo en esa obra soy un señor mayor, el clásico hombre solo, que se había enamorado de Hande, y es el que más sufre porque eso era lo único que lo mantenía en pie. Un hombre solo, que represento como un señor normal que se viste al viejo estilo, como la pilcha que se ponía mi padre cuando decía “vamos al centro”.

P.: ¿Usted es, entonces, el coprotagonista?

M.A.: Yo no lo veo tan así, es coral la obra (Payuca, Paula Mbarak, Diego Gentile, Inda Lavalle, Mariana Genesio, Sofía Diéguez y otros). Para mí el único protagónico es el de Payuca, una actriz excelente con quien hice la versión Muscari del “Julio César” de Shakespeare.

P.: Donde usted hacía de Calpurnia, la mujer del César. Y en “1978” hace de jefe de un equipo de torturadores.

M.A.: Obviamente, viví esa época. Los torturadores no tienen la sensibilidad de uno, por supuesto, pero después llegan a su casa y están con la mujer, con los hijos, no cuentan qué hicieron en el trabajo, cómo les fue en el trabajo. Es su oficio, como el que deja caer la guillotina.

P.: Lo interesante es que su personaje tiene cierto sentido del humor, y no grita. Un defecto de muchos actores argentinos es que cuando hacen de militares o policías ponen cara de malos y se largan a gritar innecesariamente.

M.P.: Y, simpáticos no son, esos personajes. Tienen que tener siempre el don de mando, la manera de hablar con total seguridad. Pero el que tiene poder no grita. No lo necesita. Mirá “El padrino”. Corleone, su hijo Michael, no gritan. El único desaforado es Sonny, que es un loquito. Conozco a los militares, hice la colimba en Formosa, Regimiento de Infantería de Monte 29, año 1965. Debíamos abrirnos camino a machetazos por matorrales llenos de víboras, fue algo interesante. Un día designaron a 45 para un curso rápido de oficiales de reserva. Salí como subteniente de reserva. En 1982 me llama un compañero: “¿Nos van a convocar ahora que estamos en guerra?” “¿A nosotros? Olvidate”.

P. Justo en 1982 usted hizo un Mefistófeles joven, sarcástico, para “El agujero en la pared”, con Alfredo Alcón.

M.A.: Una película incomprendida, lamentablemente.

P.: ¿Una traslación del “Fausto” a ese momento, donde aparecen enanos con lanzallamas haciendo desastre en plena calle céntrica y no la comprendieron?

M.A.: Suele ocurrir. Ese fue mi debut en cine. Para actuar, David J. Kohon, el director, me dio la mayor lección que haya aprendido: “Mario, confiá, la cámara te lee el pensamiento”. Así hay que actuar en cine. Hay actores buenos para el teatro que no son para cine, y actores de cine que no pueden lucirse en teatro. A mí, por suerte, me llaman de los dos lados.

P.: En cine, casi siempre para hacer de malo.

M.A.: Los malos son más interesantes de hacer, y de ver. Pero es verdad, generalmente me llaman para hacer personajes oscuros. Personajes buenos hice más en teatro, como el hombre orquesta de “El organito”, enamorado de una mujer que no le corresponde. Ese es bueno por tonto.

P.: O el de “Doña Disparate y Bambuco”.

M.A.: ¡Ah, me encantó hacer esa obra! María Elena Walsh, qué señora, y qué talento tenía. Pero fue la única obra infantil que hice.

P.: Mucho después pasó a ser el payaso malhumorado de La Ciudad de los Niños en “Hoy se arregla el mundo”, de Ariel Winograd.

M.A.: Wino me llama bastante, y los papeles que me asigna siempre son interesantes. El primero, “Vino para robar”, lo hicimos en un viñedo chico, una bodega de dos hermanas muy agradables que exportaban toda su producción.

P.: Ahí su personaje dice algo definitorio sobre la gente que come pastas sin siquiera una copa de vino.

M.A.: Fíjese, yo hace 30 años que dejé la bebida.

P.: Cuénteme cómo armó su personaje más conocido, el juez de “El secreto de sus ojos”. ¿Se inspiró en algún magistrado en particular?

M.A.: No he visto muchos jueces en mi vida, pero observé cómo visten, y cómo hasta en una charla doméstica te hacen sentir que son superiores. Una vez discutí con una abogada, terminé en un juzgado, estábamos los de casos menores todos amontonados como en una tribuna de fútbol. De pronto tronó una voz: “¡De pie!” Y entró el señor juez. Ahí sí, cabe la palabra casta. Los jueces no son gente empática, no se sienten igual que nosotros, lucen una mezcla de frialdad y superioridad. Sabiendo eso, en “El secreto de sus ojos” entré en el personaje en dos pasos. Primero, cuando te ponés la pilcha, todo de primera calidad.

P.: En este caso, el hábito hace al monje.

M.A.: Segundo, el texto. ¡Hay que ver cómo los verduguea a esos dos empleados! Se estrenó la película, yo entonces debía cruzar casi diariamente por la plaza frente a Tribunales, y cada tanto me paraban los abogados, y los empleados para felicitarme y decirme “¡Los jueces son así!”

P.: Y eso que no ha visto muchos en su vida. Tampoco habrá visto muchos torturadores.

M.A.: Ahí pasa algo interesante. El de terror es un género que no me atrae, que no había hecho, pero esos muchachos, los hermanos Onetti, me llamaron una vez para hacer “Los olvidados”, la filmamos en Epecuen, ciudad fantasma, y me gustó hacerla. Así que cuando me llamaron para “1978” ahí estuve con ellos gustosamente. Son gente joven, talentosa, que ama el cine aun sabiendo que el cine es caro y no compensa. Es el amor que tienen, por ejemplo, los estudiantes de cine. Hice muchos cortos con estudiantes, son buenos. Como son buenos en lo suyo los estudiantes de teatro, aquí está lleno de buenos actores, porque estudian, llenan las escuelas, si no hay laburo no importa, ellos se organizan. Como también hay cantidad de buenos profesionales en todos los órdenes. Fallan otras cosas: los políticos y los sindicalistas. Bueno, eso a mí me viene bien para estudiarlos.

P.: Creo que usted un par de veces estuvo en la Comisión Directiva de la Asociación de Actores.

M.A.: De pronto encontrás, igual que los jueces, los políticos, y algunos en cualquier comisión del orden que sea, gente que está ahí para chapear, para sacar chapa de algo. Algunos chapean mal, casi rozan la caricatura. En Actores había uno que me pedía tener un sello propio. ¿De qué? De Tercer Vocal.

P.: Usted ha trabajado con Campanella, Winograd, Aristarain, Fernando Ayala, Teo Kofman, Fischerman, Agresti, Maci, Miguel Angel Roca, y eso sin agotar la lista.

M.A.: También con Néstor Zapata, un histórico de Rosario, en una película enteramente hecha por actores y técnicos rosarinos (de ahí soy yo, aunque parezca porteño), y con gente de Mendoza que hizo algo similar, y además he trabajado en Paraguay, muy buena gente, y Uruguay, lo mismo, tanto que en una época tuve la fantasía de mudarme. Y trabajé también con algunos malos, y con gente rara, como Jorge Polaco.

P.: En “Siempre es difícil volver a casa”.

M.A.: Terminaba de leer la novela, prácticamente era el guión perfecto de una buena película policial, cuando me llama Polaco para hacer la versión cinematográfica. Yo voy encantado. Y me encuentro que eso era muy distinto a la novela. Yo hacía de mecánico, en mi taller se iba a refugiar un asaltante perseguido por la policía. Y Polaco puso una oveja. “Vos tenés que acariciar la oveja, la oveja es tu compañera”, me decía insistentemente, para dejar claro que era “mi compañera”. ¡Eso no estaba en el libro!

P.: ¿Y usted qué hizo?

M.A.: Y, uno es actor, hace lo que pide el director, y además uno tiene que comer. No es una película que quiera ver de nuevo.

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