Con dos obras de Manuel de Falla hizo su presentación el Ballet Clásico de Madrid. De ellas, lo mejor fue «El amor brujo», basada argumentalmente en una antigua leyenda gitana a la que le dio forma literaria Gregorio Martínez Sierra.
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La música popular de Andalucía adquiere el rango sinfónico a través de un trabajo de Falla que utiliza los módulos gitanos con un ropaje de gran refinamiento sinfónico.
La coreografía propuesta por Sara Lezana abreva en esa dualidad exponiendo por etapas el típico baile flamenco y el que nace de una mirada más estilizada de la danza española.
La versión musical utilizada con la voz de Nati Mistral le otorga un sabor particular a esta mirada legendaria del mundo gitano. Escenas de conjunto (en medio de una planificación espacial despojada de escenografías y de otros referentes geográficos) y solos sostienen la narración de la anécdota.
La misma Lezana, bailarina invitada, se constituyó en el centro de atención de este ballet, con su potencia étnica y el requiebro de su figura y su ritmo. Encarnando a una madura gitana, Lezana atrajo la atención con su natural dominio de la escena y sus dotes de bailaora. Con ella, la compañía del Ballet Clásico de Madrid -un conjunto de cámara de unos 20 bailarines-conformó un apto coro de acompañamiento. Siempre mejor el grupo de mujeres que el de los hombres (poco agraciado), éstas manifestaron su mejor momento de la noche en la célebre «Danza ritual del fuego».
En la primera parte, se había visto una modesta versión de «El sombrero de tres picos», ballet pantomímico con diseños de Aurora Zerdán. El lenguaje clásico no es lo más apropiado para esta creación rebosante del ritmo y el color de una España pícara y galante. Con todo, Zerdán fue lo mejor mostrando una danza refinada y de cuidada escuela académica. Una vez más el grupo femenino bailó con gracia y disciplina, aventajando con claridad al sector masculino del ballet.
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