Severo y
Débora
Falabella
interpretan a
la misma
mujer en
diferentes
etapas de su
vida en «La
dueña de la
historia»,
deliciosa
comedia
brasileña que
se estrena
tardía y
pobremente.
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¿Qué hacer, cómo aconsejarla, mejor dicho cómo aconsejarse a sí misma, para, de algún modo, cambiar su destino? La joven está llena de ilusiones, la otra harta de desilusiones. Ingenua la primera, mordaz la madura. El chico también está lleno de ilusiones, pero de otra clase, y el viejo digamos simplemente que también está lleno, pero tiene una paciencia, pobre. Será que ya se ha resignado. Porque la gran duda, y la gran tentación, si uno pudiera rediseñar su propia historia, es ésta: ¿hacer otra vida, guardando el buen recuerdo de un amor juvenil, o casarse, entrar en la rutina, ver cómo la pareja va engordando, y le van acrecentando los defectos y aminorando los atractivos?
Son dudas universales. No corresponde decir cómo se resuelven en esta película, pero sí que se resuelven muy bien, que los intérpretes son muy compradores, los diálogos son ingeniosos y a veces hasta medio filosóficos y poéticos, la banda sonora es como para comprar el disco enseguida (salvo un par de temas) y la dedicatoria final es una de las más sencillas, lindas, y envidiables que alguien haya escrito jamás en una comedia romántica.
Ahora bien. A esta dueña la tuvieron durmiendo largo tiempo en los depósitos de una distribuidora americana, y hoy la estrenan casi como si fuera una pavadita. ¿Qué hubiera pasado si la trataban debidamente? Eso sí que sería fantástico. Saludan en el atrio la primadonna
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