"Mi brillante divorcio": un tour de force de Ana Acosta (09/01/07)

Espectáculos

«Mi brillante divorcio», de G. Aron. Dir.: C. Evaristo. Mús.: M. Bianchedi. Dis. Visual: R. Almada. Luces: R. Traferri. Trad.: J. Gallo. Int.: Ana Acosta. (Teatro Astral).

Angela, la protagonista de «Mi brillante divorcio», transita por los más variados estados de ánimo, desde la alegría inicial, cuando cree haber recuperado la libertad, hasta la más honda depresión.

Recuperar el libre albedrío no parece tan sencillo, desde que Angela es tan dependiente de su infiel marido, que quedar sola, comenzar una nueva vida y recuperar su identidad, la empujan hasta el intento de suicidio. Tampoco ayudan sus complejas relaciones con los otros. Su hija (que decide libremente irse a vivir con el hombre que ama), una madre posesiva (que niega los problemas de su hija y termina muriéndose en los cuatros años en que transcurre la obra de la inglesa Geraldine Aron), sus amigos (que nunca la aconsejan como deberían), los médicos y psicoanalistas (que muchas veces aumentan su neurosis post-divorcio), su ex marido, y hasta su perro caniche, inspiran un largo discurso a veces elaborado con cierta autocrítica y, en otros, bastante complaciente con esa clase de idiosincrasia femenina que atribuye casi excluyentemente el fracaso de la pareja al marido infiel.

Ana Acosta asume todos los roles. Son dieciocho personajes a lo largo de casi 100 minutos, que hablan de la ductilidad de la actriz, quien con sólo cambiar algunos matices e inflexiones de su voz o elaborar algún gesto identificatorio pinta con trazos certeros personalidades muchas veces contradictorias.

  • Recursos

    Con réplicas rápidas, el tono humorístico justo, una dicción cristalina y una energía envidiable, la actriz cumple con creces este tour de force, que recuerda el merecido éxito de hace algunos años con otro unipersonal: «Cómo domar una bikini salvaje», de Miguel Falabella. Al texto de Aron no le faltan recursos para resaltar el histrionismo de Acosta, convincente en la mayoría de los personajes que debe interpretar.

    Para que la pieza no pierda el ritmo esencial, Carlos Evaristo manejó razonablemente el espacio. Dentro de sus límites (con un diseño visual acotado y demasiado elemental), la dinámica impuesta por el director permite una lectura ágil, que no abruma a pesar de la caterva de conflictos de esta mujer de clase media acomodada, cuya única preocupación es combatir la soledad que se le viene encima.

    El diseño de iluminación de Roberto Traferri se convierte en un coprotagonista que acompaña sensiblemente las alternativas emocionales de Angela. Técnica de espejos mediante, las mujeres parecen comulgar íntimamente con cada episodio relatado por la protagonista, lo que no significaque la pieza esté dirigida exclusivamente a ese público. De todos modos, a juzgar por las fervorosas reacciones del auditorio femenino ante los padecimientos de Angela, sus breves alegrías y hasta su final salvación tomándose firmemente de la única tabla que le proporciona la vida, a los cuarenta y pico, la identificación es instantánea.
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