24 de mayo 2001 - 00:00

Mignogna recrea bien una fuga legendaria

Solá y Romano.
Solá y Romano.
«La fuga» (Argentina-España, 2001, habl. en español). Dir.: E. Mignogna. Guión: G. Maglie, J. Goldenberg, E. Mignogna, sobre novela de este último. Int.: M. A. Solá, R. Darín, P. Contreras, G. Romano, I. Estévez, V. Villamil, O. Alegre, A. Awada, A. Maly, A. Costa.

Dicen que en abril de 1928 quince hombres lograron escaparse del penal de Las Heras por un túnel que, atravesando la avenida, conectaba la panadería de los presos con una carbonería. Bueno, ellos esperaban salir a un baldío, pero no todas las cosas salen como uno espera. A partir de ahí unos tuvieron suerte en sus propósitos (reparaciones, venganzas, etc), y otros no. «Lo curioso es cómo algunos hombres buscamos fracasar, sin siquiera gozar del fracaso», reflexiona uno de los personajes de esta película de Eduardo Mignogna.

El propio Mignogna había escrito una novela con estructura de cuentos, sobre estos hechos (novela que, dicho sea de paso, le valió el premio Emecé '98/'99), y en ella imaginaba el pasado y el futuro -mediato o inmediato, feliz o tenebroso-de cada uno de aquellos supuestos quince escapados. Por razones lógicas, la adaptación prescinde de aquellos cuyas andanzas darían para otra película, o para fundir alguna productora de cine (por ejemplo las del inglés Walcott y su banda, o la del oriental Inocencio Divino y la gorda Evelyn Ventura), o cuyos destinos se asemejan a los de otros.

Quedó entonces un curioso sistema binario: dos anarquistas (uno de los cuales ni siquiera lo es, pero igual clama venganza), dos homicidas (la verdad, dos infelices, porque la vieja se les murió de muerte natural), y dos pícaros dedicados a engrupir giles: uno con las cartas, y otro...

Ese otro, por un especial sentimiento de culpa, se convierte en un personaje casi borgiano (pequeña clave: de aquella misma época son los cuentos de «Historia universal de la infamia»), que en el libro de Mignogna ocupa menos de cuatro páginas, pero aquí resalta, en la estatura de Miguel Angel Solá (que, también dicho sea de paso, en «El amor y el espanto», hacía, precisamente, de Borges).

También de reminiscencias borgianas es el modo en que ese mismo sujeto nos introduce («comprendí que iba a regalarme su pasado») en el drama de un noveno, el profesor, un drama romántico, bien jugado.

El final, en cambio, es de involuntaria reminiscencia moreriana, por
Eduardo Morera, cineasta de aquel tiempo, que solía terminar sus relatos con un amable «Bueno, amigo, le he contado muchas historias, algunas de las cuales son ciertas».

También su tocayo
Mignogna ha sabido contarnos muchas historias, y no importa si en este caso no son ciertas, ya que en cambio son atractivas, con gran reparto actoral, y una interesante reconstrucción de época, que hasta incluye (digitalmente) la inauguración del obelisco en 1936.

En suma, una obra bien pensada, bien producida, en la línea de
«Apenas un delincuente» y «La mafia», a la cual sólo se le puede reprochar, eso sí, una cierta falta de emoción, reproche que hasta hoy este autor nunca había merecido.

Dejá tu comentario

Te puede interesar