30 de mayo 2001 - 00:00

Niembro recorre el ayer cercano

Niembro recorre el ayer cercano
(30/05/2001) Fernando Niembro «Testigo». (Bs. As., Atlántida, 2001, 238 págs.)

Analizar un libro de un colega resulta difícil. Complicado porque encierra los pasajes más íntimos (y algunos de los que lo marcaron a fuego) de su vida. Partiendo de la modestia de un conventillo en el Parque Chacabuco hasta este rico presente periodístico donde puede explayar con amplitud un cúmulo de situaciones, que a estas horas se llama «experiencias».

Si bien el conocimiento del autor puede limitar al crítico, en este caso también permite mostrar su contracara: haber vivido alguno de esos momentos juntos, recorrido algunas situaciones (a veces angustiosas, otras no tanto) en un camino paralelo, o haber amasado sueños en una etapa juvenil, a veces hasta con los mismos personajes. Se confunden gremialismo, política, periodismo, función pública en un abanico de recuerdos y sensaciones que encierra como tesoro personal.

Recorrer este libro que denominó «Testigo» es hacer un repaso a casi 50 años de historia argentina. Donde no escapan ni episodios de la niñez, situaciones que debió soportar tan sólo por tener un padre gremialista (en tiempos que serlo era mala palabra), su paso en la redacción del diario «La Nación», más tarde como director de Radio del Plata, como interventor de Canal 11, su paso como Jefe de Prensa y Difusión del gobierno de Menem, sus relaciones con el mundo político y periodístico y mil anécdotas de cada caso.

Lo dice como lo indica su propia personalidad: saltando de un tema al otro, fijando conceptos que perduran en sus retinas, sin escatimar nombres que lo grabaron por siempre, como el del periodista Alberto Laya o hechos que le tocó vivir que pasan de la estrechez, la injusticia, la desazón, el asombro hasta el recuerdo afectuoso para todos los que lo acompañaron. Como el reconocimiento y gratitud a sus padres. También -en ese ida y vuelta de decir cosas-fija casos concretos y con habilidad soslaya situaciones que (seguramente) quiere borrar de su memoria. Aunque no deja de recordar tanto a los que permanecen en la galería de recuerdos gratos como a los que dieron la espalda a la realidad.

Lo hace con nombre y apellido, aunque siempre de manera sutil cuando llega el momento de «meter el bisturí a fondo». Tal vez porque detrás de su apariencia de hombre serio, por momentos de aire señorial, se esconde la sencillez, el sentir y la ternura de «aquel pibe de barrio» que lleva dentro. Si a «Testigo» habrá que hacerle una crítica (aunque perdonable) es que se extiende en alguna secuencia dando detalles que se nota le dolieron tal vez demasiado.

Como el de la rebelión «Carapintada» que le tocó vivir desde el mismo centro operacional del gobierno. Sin embargo, leerlo es como recorrer el paso del tiempo de uno mismo. Cualquiera sea la edad del lector. El que más o el que menos, debió sobrellevar esas situaciones, aunque en algunos casos tangencialmente y si no lo hizo, siempre es bueno empaparse con un poco de historia no vivida. Por eso el libro está en el estante de los recomendables. De esos que no se pueden perder.


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