La brillante actuación de Carolina Fal (aquí
junto a un apenas correcto Joaquín Furriel)
es el principal atractivo de la nueva versión
de «La malasangre».
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Luego de más de dos décadas de democracia, la pieza ha perdido buena parte de su virulencia, ya no provoca aquella identificación inmediata que hacía que el espectador leyera la obra desde una óptica esencialmente política. Hoy, Además de la siempre eficaz
Los demás personajes lucen mucho más esquemáticos, al menos en este nuevo montaje que a pesar de sus incuestionables aciertos no se decide a explotar a fondo los excesos y delirios de este apasionado melodrama. El orden represivo de
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