«Los cuentos de Hoffmann», ópera de Jacques Offenbach. Con N. Schicoff, V. Tola, L. Rizzo, A. Mastrángelo, A. Fondary, R. Casinelli, A. Cecotti, O. Carrión, M. Lombardero, G. de Kehrig, F. Sanguinetti, L. Jáuregui Lorda, O. Grassi, L. Ramos Mañé, L. Ferenese y P. Vescovi. Régie: J. Savary; Esc.: M. Lebois; Vest.: M. Dussarrat; Ilum.: J. Pérez. Dir. Coro: M. Martínez. Coro y Orq. Estable (Teatro Colón 2/6, Abono Nocturno Tradicional).
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Es poco conocido que el fantasioso cuentista Ernst Theodor Amadeus Hoffmann integró la Suprema Corte de Justicia de Berlín, y también fue crítico musical, como Oscar Wilde y George Bernard Shaw. Su obra literaria inspiró música pura a Schumann (la «Kreisleriana»), también los ballets «Coppelia» y «El cascanueces», y la ópera que se representa actualmente en el Colón. La puesta en escena está totalmente alejada de la tradición, aun de las osadas que recordamos de Oswald-Hager, Vanarelli- Capobianco, o las últimas, con Alfredo Kraus en el protagónico y la poética puesta de Juri.
Para algo estamos en el tercer milenio, debe pensar Jerome Savary, un vanguardista incurable que no siente que para la «Barcarolla» se necesite reproducir Venecia: con llenar de agua el proscenio y que naveguen por allí dos gondolitas es suficiente; si el director de orquesta se arruina los zapatos de charol, porque distraídamente mete los pies en el charco, o si a don Ricardo Casinelli se le moja el pañuelo, es por un elemento ajeno a toda convención operística.
Lo mismo puede decirse de la entrada del Dr. Miracle acompañado por pájaros con piernas humanas que parecen escapados de «El jardín de las delicias» de Hieronimus Bosch; o esa inmensa, bellísima mano, que sostiene el mango de un violín -y que es a la vez una pieza escultórica para coleccionar-donde Antonia hace su invocación cristalina y dulce, que es donde se consagra Virginia Tola, con su bella presencia y voz tan fascinante como melodiosa, protagonizando el momento más poético de la noche, es posible por su encanto y el entorno.
La muñeca Olympia encarnada por Laura Rizzo nos reencuentra con su voz cristalina y bien timbrada; y Adriana Mastrángelo como Giulietta, en su punto justo. Serían maravillosas si cantaran con más frecuencia y sintieran el escenario como un espacio natural, y no como ocasional oportunidad.
Con su voz opacada y emisión forzada -después de todo, lleva 26 años de carrera-, el tenor Neil Schicoff alivia con profesionalismo el peso del protagónico; y el bajo-barítono Alain Fondary lleva con increíble agilidad corporal los cuatro papeles «diabólicos», pero la fatiga le quebró penosamente la voz sobre el final. Ricardo Casinelli es un derroche de vitalidad y simpatía, sobre todo cuando se adueña de la escena haciendo el Frantz. Guido de Kehrig tuvo una noche fatal; sobria Alicia Cecotti en el incómodo rol travesti de Niklause. Marcelo Lombardero, con su eficacia habitual, así como Oscar Grassi y Omar Carrión. El resto del elenco, homo-géneo y correcto.
Es precisa y estilísticamente inobjetable la dirección orquestal del francés Jacques Delacotc; sugestiva la iluminación de Jorge Pérez, y la escenografía de Michel Debois depara tantas sorpresas que es preferible no revelar por si el lector se decide a ver un espectáculo auténticamente singular.
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