El traumado protagonista vive atormentado por sus siete hermanas, que le recuerdan constantemente el día que rompió un ventanal con un martillo; es chantajeado de una forma ridícula por la chica de una línea de charlas eróticas con la que ni siquiera puede entablar un diálogo coherente; en su pequeña fábrica queda en ridículo con sus propios clientes y empleados. Y lo único que puede hacer para mejorar la situación es repetir que es una buena persona, negar que alguna vez haya roto el vidrio con el martillo o decir que no lo recuerda, o encerrarse en el baño de un restaurant a romper todo lo que tenga a su alcance hasta cortarse las manos. Así contada, la historia no parece tan divertida y, en efecto, por momentos
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