Su personaje es ladino, pícaro, mentiroso y, desde luego, bonachón. En su vida, seguramente, ha sumado muchos desaciertos (a los que, en cierta forma, cabe atribuirles el desastroso cuadro familiar que tanto lo mortifica ahora), y cuando se propone remediarlo parece un poco tarde.
Su hijo mayor es el empresario exitoso, el del medio es el perdedor, y el menor es el «cool» despreocupado, de quien sospecha una inclinación homosexual (desopilante acierto del guión es el diálogo que sostiene con este último hijo, cuando intenta autoconvencerse de poseer una imposible «mente abierta»).
Sobre la base de una nueva mentira (finge ser víctima de una enfermedad terminal), el padre reúne forzadamente a los tres hermanos para que emprendan, todos juntos, una temporada de vacaciones en Canadá. Con algunos buenos hallazgos cómicos, otros que bordean el sentimentalismo (y están a punto de estrellarse con lo cursi), el grupo termina en la casa de una insólita «sanadora» y su hija, circunstancia que le da pie al libro para generar otros momentos de aceptable comedia. Y no mucho más, desde luego.
Sin embargo, películas como ésta o (en otro registro) como
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