La juventud del poeta en «Palabras verdaderas» de Ricardo
Casas, documental sobre el uruguayo Mario Benedetti.
«Palabras verdaderas» (Uruguay-España, 2004, habl. en esp.); Guión y dir.: R. Casas; documental.
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Es una lástima que sea tan breve este documental del uruguayo Ricardo Casas, que detalla agradablemente la infancia y primeras influencias del poeta Mario Benedetti (Julio Verne, Baldomero Fernández Moreno), pero pasa el resto demasiado a vuelo de pájaro.
Hecho con la factura de un especial televisivo, su traslación al cine debería haberle permitido unos cuantos agregados, que se echan de menos.
El comienzo es muy bueno, con buena música, un amanecer en el campo junto a alguna orilla, y, todo con un mismo movimiento de cámara, el detalle del acta de nacimiento, las imágenes de archivo de un baile de pueblo, y de las calles y casas de un pueblo, que, siempre con el mismo movimiento, y tomadas desde el mismo ángulo, aparecen al fin como son en la actualidad.
Exactamente iguales. «Todo está como era entonces, (...) nada ha cambiado», supo decir en «La vuelta al hogar», ante una vista parecida, otro poeta de las mismas latitudes, Olegario Víctor Andrade, cuya casa se conserva, y muy bien, en Gualeguaychú, a pocas cuadras del río.
La casa de Benedetti, en cambio, fue la del caracol, desde el Paso de los Toros de su nacimiento hasta el Montevideo de las pensiones a donde terminó la familia paterna, víctima de la estafa de un falso amigo. Desde un hoy privilegiado, Benedetti sonríe ante los recuerdos tristes, evoca también el paso del zeppelín, la conmoción que causó el «Graf Spee», y el colegio alemán donde se formó gracias al esfuerzo del padre. De allí el documental salta a los primeros trabajos literarios, muy críticos del Uruguay de empleados públicos y oficinistas («El país de la cola de paja», etc.), y sigue saltando hasta llegar a la actualidad, con alternancia de charlas del escritor, poemas a cargo de Miguel Angel Solá, participación de cantantes, un fragmento de «La tregua» (ese donde el hijo reprocha al protagonista «esta trampa de hacer todos los días lo mismo treinta años para después jubilarme»), más imágenes de archivo, y breves ponencias de algunos colegas.
El más interesante de éstos, por lo que dice, es Eduardo Galeano, tanto al señalar la envidia de muchos, como las añoranzas de una época más despaciosa, escena que ademas permite un señalable cotejo visual. Otro mérito reside en los sobreentendidos. Al ser, en primera instancia, un documental para rioplatenses, se supone que todos saben qué pasó por estos lares en las últimas décadas, y no es necesario andar con redundancias. Bastan algunas fotos, y dos o tres líneas de cualquiera de esos poemas que se venden hasta en los posters, y se recitan en las camas o en las tribunas. Igual hubiera sido linda una media hora más de proyección.
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