8 de junio 2001 - 00:00

Para oír buen jazz, Nueva Orléans sigue siendo única

En ocasión del Congreso Norteamericano de Psiquiatría 2001, al que tuve el honor de ser invitado en calidad de médico psiquiatra y sexólogo clínico, pude conocer la capital del estado de Lousiana, Nueva Orleáns. En esta fascinante ciudad, que se encuentra al borde del lago Pontchartrian y es atravesada por el Mississippi River, cuna del jazz, se entrecruzaron la cultura española y francesa -pues fue colonia de ambas coronas, antes de ser vendida a los americanos por Napoleón-con la africana y la cultura vudú, incluso influida por Canadá.

La música la atraviesa por todas partes, desde los ascensores de los hoteles y los barcos que surcan el río hasta las calles y los templos protestantes con sus impactantes coros que interpretan gospels (no hay que dejar de ir al templo Greater St. Stephen, donde el visitante es bienvenido y alabado, en medio de coros y cantantes solistas que son estremecedores).

Jazz tradicional, dixieland, blues, tiempos de ragtime hasta la música zydeco, cajun y creole, que son las músicas populares -country si se prefiere-propias de la tierra Cajun y del Bayou, y las fiestas del Mardi Gras, carnaval de la ciudad.

Por supuesto que no me olvido de la Bourbon Street: calle de Borbón, rezan los carteles de cerámica que aún recuerdan la influencia española, a la cual, entre otros, homenajeó Sting.

Allí se desarrollaba el festival de jazz, en un predio que recordaba Woodstock y donde, al aire libre, varias carpas y escenarios brindaban espectáculos con B. B. King, Fats Domino, Pete Fountain, Dr. John, entre cientos de atracciones con todas las variedades del jazz y el folk, que obligaban a salir corriendo de un lado al otro para no perderse ninguno.

Pero el espectáculo también está en las calles donde chicos de los barrios negros tocan con sus bandas o golpean tachos al ritmo del downbeat, o un grupo de jazz suena frente al Cabildo, al pie de Jackson Square o músicos solistas tocan sus saxos, clarinetes o guitarras a lo largo de la Bourbon St.

Justamente en esta calle, se encienden las luces en la noche del French Quarter, Vieux Carré o Barrio Francés, según desde qué cultura se lo mire. Este maravilloso barrio histórico, de casas de dos o tres plantas, por momentos recuerda a la colombiana Cartagena, a Santiago de Cuba y a La Boca, con sus balcones de madera desde donde jóvenes tiran los collares de cuentas de colores, mientras muestran sus senos o sus piernas, nalgas incluidas, a pedido del público que desde la calle les reclama a gritos que «muestren algo», mientras la música invade desde los múltiples locales de la calle.

En esa peatonal, uno puede, si no prefiere ir a la House of Blues (en este lugar, gracias al convite de un laboratorio, los psiquiatras tuvimos la emoción de escuchar al gran B. B. King) o a la Generation Hall (aquí, por otra invitación, vimos un espectáculo sensacional con James Belushi), verdaderos templos musicales, entrar en los distintos bares, que están a lo largo de la calle, sin pagar «cover» y escuchar y bailar al son del rock, blues, jazz, funky, pop o música creole o zydeco, o ver bellas A go-go girls (trae nostalgias de aquel joven Johnny Rivers, que vivió y cantó muchos años en Nueva Orleáns, allá por los '60, con la música a go-go) haciendo sus striptease abrazadas a la barra.

Quisiera comentar algo de este tipo de música típica y popular, más que el jazz, de esta zona que se la conoce como creole, cajun y zydeco: son grupos conformados por un acordeón, guitarra, batería, teclados, a veces violín, y la pechera de metal, como tabla de lavar, rasgada por dedos con dedales, y voces. Y los pies se mueven solos al ritmo de estas danzas populares y se alegran los corazones bienaventurados. Es, además del jazz, la verdadera expresión popular de la tierra que en mucho recuerda a Creedence Clearwater Revival.

A pocos metros de la calle Bourbon, hay un lugar mágico que, si tienen oportunidad de estar en Nueva Orleáns, no pueden dejar de visitar. Es una casita vieja, cual conventillo de San Telmo, con una puerta de reja desvencijada en la que una señora oficia de cancerbero para evitar que la gente que espera en la calle no se filtre en un descuido, y dos ventanas derruidas, desde donde se puede ver y oír a los músicos, antes de poder entrar.

Cada 20 minutos, se renueva el público y la rutina de la banda en este lugar, llamado Preservation Hall of Jazz. Salen los que estaban adentro, aunque uno puede quedarse todo el rato que quiera, y entran los ávidos turistas que con envidia mira-ban a los de adentro.

En este pequeño ámbito, una vez adentro, previo pago de 5 dólares, uno se sienta en el suelo o en unas banquetas, o se permanece parado, sin tomar nada y sin fumar, dialogando con los músicos, que explican los temas que tocan, con su banda tradicional conformada por banjo, trombón, trompeta, clarinete, un contrabajo (interpretado por un viejo negro con barba blanca, como en las viejas películas de ámbito sureño al estilo Tobacco Road) y un piano vertical sin tapa.

En esa verdadera ceremonia, suenan temas de Jelly Roll Morton, Ellington, Sidney Bechet y Armstrong (estos dos últimos, verdaderos próceres oriundos de la ciudad: hoy un parque lleva el nombre del gran Louis, Satchmo, como «nick name»), W. C. Handy o Scott Joplin. Por un puñado, pequeño, de dólares se les puede pedir que toquen tu tema favorito y se puede oír a los «Santos que vienen marchando».

Con los colegas psiquiatras nos quedamos en doble turno embriagados por los sones del jazz tradicional y el clima que genera esta inolvidable Preservation Hall Jazz Band. También se puede disfrutar de las danzas y ritos del voodoo (vudú) adoradores de la serpiente (su diosa máxima descansa en uno de los interesantes cementerios de la ciudad, y también pueden visitar el museo de ese culto, bastante parecido al candomblé brasileño o al rito yoruba cubano).

Durante el día, uno puede deleitarse con el exquisito café (mezclado con chicory -achicoria-), con el Nueva Orleáns blend, y «beignetes» (pastelerías de la madre Francia que, recubiertas con azúcar impalpable, recuerdan a los donuts), mientras se escucha a las distintas bandas de los bares, o caminar por el French Quarter, el Historic District o el Garden District con sus mansiones sureñas, o comer la comida típica de la zona, la cocina creole (también el idioma de la zona se llama así) o cajun, que es algo así como una mezcla de la brasileña, cubana y mexicana (no hay que perderse la jambalaya con su arroz y frijoles, la gumbo soup y la sopa de tortuga...; eso sí: cuidado con los fuertes picantes y chiles con los cuales los aderezan), el praliné y el bread pudding, que me recordaba al budín de pan de mi madre. Todo esto le da un clima maravilloso, voluptuoso, mágico, religioso y de alegría sin igual, convirtiendo a la capital de Lousiana en un lugar adorable, entrañable.

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