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Entre los muchos homenajes que reúne esta novela (a Borges, a la Ciudad de Buenos Aires, al género fantástico y a ese eterno femenino que sólo puede ser imaginado «de tacones altos»), el autor dedica una especial atención al arte de narrar.
«Carlota Fainberg» es -en ochenta por ciento- el relato de un desconocido, alguien al que el narrador no ha tenido más remedio que escuchar por culpa de un vuelo demorado. Los dos hombres son españoles pero el dato, lejos de resultar alentador, pone aun más en guardia al protagonista.
Claudio está habituado desde hace varios años al estilo de vida norteamericano y a la sobria diplomacia de sus claustros universitarios. Los desbordes entusiastas de sus compatriotas sólo logran irritarlo, al igual que sus tendencias machistas. Pero Marcelo, un extrovertido hombre de negocios, no entiende de susceptibilidades y poco a poco lo va introduciendo en una apasionante historia de amor que vivió años atrás en un famoso (y decadente) hotel de Buenos Aires.
En la morosa espera de un aeropuerto paralizado por la nieve, los dos hombres sueñan con una ciudad real y borgeana a la vez, donde una mujer, diabólicamente sensual, aguarda desde hace años atrincherada en la suite nupcial de un piso 15. El autor de «El jinete polaco» (Premio Planeta 1991) sazona el diálogo entre los dos hombres con divertidos inserts sobre el lenguaje y los resortes de la narración en una especie de autoparodia. Y por si fuera poco también describe con enorme gracia todas las intrigas y complots que sufre el protagonista en los competitivos claustros norteamericanos.
Cuando al fin Marcelo embarca hacia Miami y el tímido profesor toma su vuelo a Buenos Aries, da la impresión de que una fuerza misteriosa se ha desplazado de uno a otro. Como era de prever, el protagonista encamina sus pasos hacia el hotel del relato llevando la narración hacia un plano decididamente fantástico. Pero, esta vez, la misteriosa reaparición de Carlota Fainberg resulta algo impostada, como si esa extraña dimensión en la que se mueve necesitara de mayor desarrollo narrativo para resultar convincente. Esto hace que los tres capítulos finales se recorten excesivamente del resto del relato, caracterizado por un estilo ágil y de ameno tono coloquial.
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