5 de enero 2004 - 00:00

Pierre Restany: homenaje al crítico como artista

Pierre Restany: homenaje al crítico como artista
El autor de esta nota tuvo con Pierre Restany una amistad de cuarenta años, en la que compartimos reconocimientos mutuos y, por supuesto, múltiples muestras, congresos y jornadas de arte. Nos encontramos por última vez en la Documenta de Kassel (Alemania) en 2002. Desde mediados del año pasado, cuando se supo de su muerte, hemos vuelto a releer algunos de sus escritos para darle el merecido homenaje a este conocido crítico de arte francés, que ha sido uno de los más relevantes de Europa.

América Latina tuvo en él un observador incansable de su arte. Su contacto con la Argentina comenzó en 1964, cuando fue invitado por Jorge Romero Brest y, posteriormente, visitó el país en tres oportunidades, convocado por el CAYC (Centro de Arte y Comunicación).

Restany
había nacido en Amelie-les-Bains en 1930 y murió el 18 de junio de 2003. Empezó a destacarse en los años 50, con artículos y prólogos, conferencias y libros, uno de los cuales, «Espaces imaginaires» (1957), definió a toda pintura que deseaba escapar de la violencia del Expresionismo Abstracto para reconstruir, en la superficie de la tela, signos menos traumáticos y más poéticos, por aquello de que la poesía es un alma inaugurando una forma.

Más tarde, con el Nuevo Realismo, como teórico y figura convocante (Arman, César, Yves Klein, Mimmo Rotella, Niki de Saint-Phalle, Daniel Spoerri, Jean Tinguely), y adelantándose a la explosión del Arte Pop, Restany dio un salto seminal fuera de la pintura, tal vez fuera de la noción cristalizada del discurso estético. Un impulso prolongado y fortalecido luego en el denominado Mec Art, que teorizó con el mismo brío y la misma sagacidad.

Desde luego, Restany no se hipertrofió en la bulliciosa y multifacética década del 60, con su crucial estallido del 68, año de «Le Livre rouge de la révolution picturale». A principios de los años 60, cuando Restany era el curador de una importante instalación en al Galería «J» de París (cuya directora fue después su mujer), en Buenos Aires, Marta Minujin presentaba «La Menesunda».

En 1964, el crítico francés apoyó y votó un premio para «Revuélquese y viva», obra de la artista argentina más conocida en el exterior. Al año siguiente, cuando Pontus Hulten era director del Museo de Arte Moderno de Estocolmo, Restany organizó con Niki de Saint Phalle una muestra que quedó en la historia del arte del siglo XX, «Naná: un enorme laberinto», con figura de mujer que en su interior presentaba esculturas de Tinguely, en ese momento marido de la artista.

Entre sus libros se destacan «Lyrisme et Abstraction» (1958), « Les nouveaux realistes» (1968), « La otra cara del Arte» (1982), editado en la Argentina por Adriana Rosenberg, hoy, inteligente directora de la Fundación Proa.

Como editor de la sección Artes Visuales de la revista «Domus»,
Restany vivía la mitad del año en Milán, alternando con París. Hasta su muerte, fue también director de la revista «D'Ars», fundada por Oscar Signorini y editada por Grazia Chiesa. A través de «D' Ars», Restany afianzó su contacto con el arte de la Argentina.

Entre otros artículos, en abril de 1988, le dedicó un extenso ensayo,
«Arquitectura y arte de la Argentina en París», en el que se refería a Alvarez, Aslan, Roca, Zemborain, entre otros arquitectos, y a Dompé, Fazzolari, LopezArmentía, Médici, Monzo y Prior, entre los artistas. Sus escritos tienen el fervor de la proclama y la hondura de una meditación.

Manifiesto

Es él y su circunstancia, pero su circunstancia y él no son aislados ni ajenos. Por eso pudo formar en 1978, en plena selva amazónica, el «Manifiesto del Río Negro» -junto al artista brasileño Krajberg-, que procuraba echar las bases de una disciplina del pensamiento a través de la recarga afectiva de la sensibilidad. Planteaban un naturalismo que superase las perspectivas ecologistas en boga, para alcanzar dimensiones más críticas, aunque no sólo para el arte; o mejor, con el arte como insuperable mediador de los conflictos sociales.

«Su gran mérito fue entender que después de la Segunda Guerra Mundial aparecía otra cultura, otra sensibilidad y que, por lo tanto, el arte debía expresarse con nuevos medios, básicamente procedentes de la nueva naturaleza urbana. Y ésta fue precisamente una de sus últimas preocupaciones: el futuro del arte en la sociedad postindustrial», escribió Daniel Giralt Miracle, director de la Fundación Antoni Gaudí y ex director del Museo de Arte de Catalunya.

«El advenimiento de la sensibilidad postmoderna se acompaña con una revolución de la verdad»
, dice Restany. Ya no es la verdad de las constantes irrefutables de la evidencia, sino la verdad del pragmatismo operativo de la apariencia, por lo cual pasamos de la representación a la presentación. Se dibujan así los contornos míticos de otro mundo del arte, el único que cabe en nuestras sociedades postindustriales, pues la capacidad interactiva del Neoprimitivismo reside, en suma, en ese elemento de humanidad primaria que va desde los viejos ritos tribales, a los códigos computarizados de hoy.

En una entrevista en el diario «El País», en marzo de 2001, observó que
«las nuevas generaciones no tendrán la necesidad de memorizar datos. Esto liberará al ser humano de una gran cantidad de energía mental que se transformará en energía sensoria», que para él implicaría un reencuentro del hombre con sus cinco sentidos. Michel Ragon lo califica como un crítico de arte militante: es decir que se ha propuesto como misión no solamente elaborar teorías y críticas sobre las corrientes de arte de su época, sino además «(...) escribir, organizar, subrayar, agrupar, definir (...) catalizar movimientos dispersos, reunir a los artistas que trabajan en un mismo sentido y que, sin el crítico, no habrían tenido chance de encontrarse, aplacar las disensiones que pudiesen surgir, esgrimir un manifiesto como bandera, vivir en fin la aventura del arte en toda su plenitud, con todas las pasiones y las injusticias que esto implica».

No se trata pues del papel desde ya muy seductor de ser «amigo de los pintores (...) sino de ser mucho más exigente y más ambicioso. (...) Lo ayuda a ser él mismo. A menudo los descubre a sí mismo antes de revelarlos a los demás. No solamente indica las nuevas vías en las que se compromete el arte sino que inventa y recrea teóricamente estas nuevas vías trabajando con los artistas como material. Descubre artistas, los exalta e investiga su environment. Para los artistas, el crítico sería un revelador no solamente en el sentido del que hace conocer, sino sobre todo el que, como lo que sucede en la fotografía: hace aparecer la imagen latente. Ha sabido expresar antes que ellos, lo que sentían confusamente. Allí es donde la crítica y la teoría se elevan a la creación (...)». Y los críticos devienen en artistas, como lo vaticinó
Oscar Wilde, hace más de 100 años.

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