"Piratas III": brillo visual, trama excesiva

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«Piratas del Caribe - En el fin del mundo» (Pirates of the Caribbean-At the world ends, EE.UU., 2007, habl. en inglés)Dir.: G. Verbinsky. Int.: J. Depp, O. Bloom, K. Knightley, B. Nighy, S. Skarsgård, J. Davenport, K. McNally, Chow Yun Fat, N. Harris, K. Richards.

La película anterior terminaba trunca, con la promesa de seguir al pirata Jack Sparrow al mismo fin del mundo. Curiosamente su continuación no tiene ningún apuro por retomarla trama, y en cambio se ocupa más en marcar el tono oscuro, mucho más oscuro: hombres, mujeres e incluso niños piratas son colgados colectivamente sin piedad, pero con un humor negro que permite que el verdugo ayude con un barrilito a que un pequeño filibustero pueda ponerse la soga al cuello.

La trama es un delirio difícil de seguir, excepto que se tenga bien estudiado el argumento del film anterior, algo que en realidad no tendría demasiado sentido común. En la tercera o cuarta escena que Jack Sparrow alucina con subalternos idénticos a él (a los que liquida sin pestañear si no cumplen bien sus órdenes), un pirata zombie se queja de haber perdido su cerebro.

En chistes macabros y, sobre todo, en imágenes fantásticas inspiradas en mitos o relatos folklóricos marineros adaptadas a un espectador actual, esta película no tiene punto de comparación con la anterior. Barcos varados en desiertos de sal, navíos cayendo por abismos impensables, combates navales al borde de remolinos gigantes y extrañísimos fenómenos metereológicos, como el necesario para volver del limbo del que hay que rescatar a Jack, le dan a este tercer «Piratas del Caribe» un brillante estilo visual único en el género de piratas y en el cine de aventuras fantásticas. Lamentablemente el guión es una ensalada que no siempre ayuda a potenciar estas imágenes a su máxima expresión, y la duración de casi tres horas es tan innecesaria como la insistencia en detenerse en cada subtrama lanzada desde el film anterior. Al menos, el guión se permite eliminar rápidamente a personajes que necesariamente quitan acción (Jonathan Pryce tiene por fin una escena buena en tres películas) y entre chiste y chiste, finalmente cada uno de los personajes protagónicos realmente cobra el espíritu aguerrido y filibustero que les faltaba en los dos films anteriores (esto se aplica especialmente a Orlando Bloom y Keira Knightley). Rush y Depp compiten por los mejores chistes con un espíritu sardónico muy disfrutable, y es una pena que el corsario oriental que interpreta Chow Yun-Fat no tenga más escenas. El que se luce en su pequeño papel es Keith Richards. Hasta toca la guitarra, y tiene uno de los chistes más salvajes de una película excesiva pero espectacular.

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