8 de enero 2004 - 00:00

"Quiero lugares más íntimos y no el inmenso Luna Park"

A partir de mañana y durante 50 únicas funciones se ofrecerá en el Teatro Opera una nueva versión de «Las mil y una noches» a la que sus creadores, Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler, definen como «más operística» que la que estrenaron en el Luna Park, en enero de 2001, con producción de Tito Lectoure, y «con una estética completamente renovada». La obra iniciará, a partir de abril, una gira por todo el país. Los suscriptores de Ambito Financiero podrán asistir de manera gratuita al estreno de este espectáculo, retirando previamente la invitación.

Cibrián Campoy
se muestra mucho más entusiasmado con este perspectiva que con otra de sus muy buenas noticias de principios de año, el inminente estreno de «El fantasma de Canterville» en el Teatro Nacional de Quito (Ecuador), aunque por razones muy específicas: detesta subir a un avión.

Periodista:
¿No le agradan las giras por el exterior?

Pepe Cibrián Campoy: Me gusta más recorrer mi país. «Drácula» hizo gira por distintos países, pero en algunos casos preferí no viajar. Tampoco voy a ir a Ecuador, porque no me gustan los aviones y además allá nadie me conoce ¿Para qué voy a ir, si da igual? Me gusta ir adonde me conocen no por una cuestión de fama sino de afecto. Si se trata de alguna provincia argentina, viajo feliz.


P.:
El público del interior suele ser muy afectuoso.

P.C.C.: Lo es. Pero yo odio hablar del «interior», como si el exterior fuera Buenos Aires, cuando Buenos Aires sigue mirando hacia Europa, pendiente de lo que allá se diga. A mí me molesta por ejemplo que Joan Manuel Serrat opine de la Argentina.


P.:
¿Y eso qué tiene de problemático?

P.C.C.: Bueno, él tiene su derecho a opinar, pero yo no veo que el diario «El País», o algún otro medio importante de España, publique opiniones de algún argentino sobre la ETA o sobre el gobierno de Aznar. No lo dejarían, lo echarían a patadas. Más allá del respeto que le tengo a Serrat, me pregunto cómo es posible que un español que ama tanto a la Argentina, se la pase opinando sobre la política de nuestro país. Para mí es como si hablara de mi vida íntima o de mi familia. Si por lo menos esto fuera recíproco... por ejemplo que Alcón denunciara ante los medios españoles el horror que está padeciendo la inmigración argentina que ellos prohíben, pero nadie lo sacaría en primera plana.


P.:
¿Por qué modificó «Las mil y una noches»?

P.C.C.:Yo tomé aquella primera versión del Luna Park como un espectáculo de despedida de una época mágica y maravillosa. Cuando la estrené no estaba seguro de que fuera la obra que yo quería hacer, pero sí la que Tito y Ernestina Lectoure deseaban que hiciera. Trabajar con Tito fue un privilegio y nunca le estaré lo suficientemente agradecido, pero un espacio tan importante como el Luna Park ejerce demasiada presión. ¡Tanto estadio, tanta cosa que meter! Yo necesitaba un espacio más marginal para poder seguir evolucionando. Siempre hay un momento en el que uno necesita alejarse del padre, y Tito fue un poco eso para mí. Ahora tengo mi propia empresa y puedo hacer lo que quiero, así que retomé «Las mil y una noches» y decidí cambiarla toda. Me di el placer de diseñar yo mismo la coreografía, la escenografía, el vestuario, las luces, el guión... todo.


• Madre

P.: ¿El reemplazo de Claudia Lapacó tuvo que ver con su próxima actuación en «Aplausos», la nueva producción de Romay?

P.C.C.: No, en absoluto. Ella es una mujer adorable y una actriz extraordinaria, quiero aclararlo. Yo siempre la pongo ante mis alumnos y actores como un ejemplo de profesionalidad junto a mi madre, Ana María Campoy, y a María Rosa Gallo. Pero sentí que el personaje de Feyza, la posesiva madre del sultán interpretado por Juan Rodó, necesitaba otra dinámica. Ahora la hace una cantante y bailarina de 23 años.


P.:
¿Cuál fue la mayor transformación?

P.C.C.: La obra se convirtió en una ópera, con mucha exigencia de baile y canto y sin nada de texto hablado. También cambió totalmente su estética. Ahora no hay ni una silla, pero tenemos una multitud de trajes y telones de gasas divinos.


P.:
¿También introdujo cambios en el final?

P.C.C.: Sí, el final estaba equivocadísimo, porque si la madre quiere matar a Sheherezade, su futura nuera, tramando una traición, no se entiende que su hijo se someta a ella cuando cree firmemente en la inocencia de su amada. Lo que tenía que hacer era decirle a la madre que se vaya a hacer puñetas y liberar a Sheherezade. Y sin embargo en la obra amenazaba con matarse. ¡Cómo se va a matar, si es el sultán! Yo estaba equivocado en ese punto, pero nadie se dio cuenta.


P.:
¿Qué lo llevó a ser tan autocrítico con su obra?

P.C.C.: Una vez, chateando con una mujer muy agradable que no sabía quién era yo, aproveché para preguntarle qué opinaba de mis musicales. Me dijo que algunos le habían gustado bastante, pero que lamentablemente Cibrián se repetía mucho. Me dejó pensando y la verdad es que tenía mucha razón. Yo creo que «Drácula» fue una marca en nuestras vidas, pero luego Angel y yo nos aburguesamos y nos empezamos a repetir. Por eso quise volver a un espacio más marginal y sin tanta producción que me permitiera pulir mi estética. Buenos Aires no es Broadway, ¡por suerte! Aquí los creadores ponen absoluta pasión en lo que hacen y se arreglan con tres alambres de mierda.


P.:
¿En qué anda su antiguo proyecto sobre Oscar Wilde?

P.C.C.: Lo hacemos en julio con la Campoy en el papel de madre. Es una obra que tengo escrita hace cuatro años y por fin me decidí a hacerme cargo del protagónico. Tengo una relación muy especial con Wilde, así que nadie como yo para interpretarlo. La verdad, me da igual lo que piensen.


Entrevista de Patricia Espinosa

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