El novel director logra emocionar e inquietar con un film de factura clásica (y por momentos algo esquemática) sobre novela de Manuel Rivas, el mismo de «La lengua de las mariposas».
«El lápiz del carpintero» (España-Portugal-G.Bretaña, 2003, habl. en español). Dir.: A. Reixa. Guión: J. Morais, A. Reixa, sobre novela de M. Rivas. Int.: T. Ulloa, L. Tosar, M. Adámez, M. Manquiña, N. Novo, S. Pazos, M. Castiñeiras.
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Lo que aquí se ve, lo cuenta un hombre ya maduro, que acaso en el fondo sea un buen tipo, como la mayoría de las personas, aunque solo parezca un mezquino infeliz de pocas luces, también como muchas personas. En todo caso, es el testigo de los hechos. El amó desde niño, pero siempre desde un costado de la vida, a la linda Marisa Mallo, y admiró y envidió al noble Daniel Da Barca, que, en cambio, siempre estuvo en el centro de los sucesos, y en el corazón de la joven. Y así los vio crecer, luchar por sus ideales, sufrir duras situaciones (corría la Guerra Civil Española). En un momento, por esos avatares del destino, pudo hacer algo por ellos, y algo, dentro de sus posibilidades, hizo.
Esa es la historia, sencilla, romántica, en partes emotiva, y en otras inquietante, o un tantito esquemática. La escribió Manuel Rivas, el autor de «La lengua de las mariposas», tan hermosamente llevada al cine por el maestro José Luis Cuerda. En este caso, quien lleva «El lápiz...» al cine no es un maestro, sino un debutante, Antón Reixa, que no tiene mayor experiencia en cine, pero sí al menos en la dramaturgia, la producción, y, particularmente, en las butacas. No todo el que hace cine recuerda debidamente su experiencia en las butacas, como espectador que ha pagado la entrada. El hombre tuvo esto en cuenta, e hizo entonces una obra de factura clásica, hasta se diría de cierto aire antiguo, que le viene bien, y donde el mayor riesgo fue mostrar a los prejuiciosos otra cara de la vieja Galicia, donde entre tantas contradicciones había una cárcel casi modelo para su época, y otra cara de la España actual, u otras, de esas que pueden pasar inadvertidas y sin embargo guardan el verdadero conocimiento de las cosas. Otro riesgo fue interrumpir de pronto, con una especie de videoclip, ese estilo ya estandarizado, algo que no termina de caer bien, pero que pasa rápido. Y el último, hacer que el público considere verosímil cierto episodio romántico donde los enamorados reciben ayuda de sus propios carceleros. Suena novelesco, pero, según parece, la novela se inspira en un hecho realmente ocurrido. Pero aunque así no fuera, igual es un episodio hermoso, que hace que uno se sienta bien entre tantas penurias. Se acompaña, y se disfruta. Y no niega otros hechos, que también pasaron, por supuesto.
El resultado general es bueno. La película vale la pena. Y para más, dentro de un elenco parejo, donde hay incluso dos lindas situaciones corales (una misa y una habanera), descuella el protagonista Luis Tosar, con esa típica mirada suya, de resentido cejijunto que nunca se sabe si entiende, o se hace el que no entiende, según le convenga, y esa violencia interna que a veces aflora, y otras se contiene, «porque así son las cosas», o se diluye, porque hay algo luminoso que la supera. A él le toca llevar el lápiz en la oreja. Un lápiz de trabajador, para tener a mano y anotar lo que importa a lo largo del tiempo, y sacar cuentas, que de eso trata la historia. P.S.
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