Su cosmovisión ahonda las relaciones entre lo imaginario y lo real, y busca unir presuntas antípodas en una nueva entidad perceptiva, venciendo las limitaciones fijadas por el ciudadano común.
Suelen considerarse la alucinación, el delirio, como extravíos sin cura de las facultades mentales; para la cultura de lo surreal, en cambio, la alucinación, el delirio, son discursos positivos -y en ese sentido generan los cimientos de un arte más sensible-que el hombre no pierde sino que ejerce. Este es uno de los motivos por los cuales la Cultura de lo Surreal, que no cae en la heroicidad del descubrimiento ni en el pesimismo del abandono, acude al humor, al juego, a la invención, a la intuición del futuro, al reino de lo mágico.
La vida y la muerte son las coordenadas; los personajes nunca terminan de decirnos su realidad, como esa pareja que dormita -o yace extinta-a la entrada de un bosque: paisaje soñado por los protagonistas, o meros cadáveres a la espera de una sepultura.
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