Quentin, un tonto charlatán irredimible, termina una vez más entre rejas porque, cuando descubre que la casa de cambios que está asaltando sólo tiene yenes (moneda que no conoce), pide consejo a los cajeros para que le indiquen dónde robar euros. Ruby, en cambio, es un duro de verdad. Terminó allí con varias cuentas pendientes fuera: lo busca una banda de peligrosos delincuentes para saber dónde escondió un botín que le arrebató a ellos y, a la vez, él quiere fugarse para vengar la muerte de la mujer que amaba, que no es otra que la esposa del jefe de la banda, quien ordenó su asesinato.
Ambos no terminan en la misma celda por azar: así lo dispone el director del presidio cuando llega a la conclusión de que la única persona capaz de quebrar el obstinado mutismo de Ruby es Quentin, cuya personalidad podría sacar de las casillas al mismo San Francisco de Asís. Sin embargo, nada es como lo calculan en la cárcel. Hay una fuga, desde luego, y una sociedad imposible.
Que la película funciona no hay dudas: aun sin alcanzar la misma comicidad de
Dejá tu comentario