Jorge Visca
protagoniza
este
simpático
film,
impregnado
de ese modo
tan uruguayo
de reírse de
la estupidez
humana con
toda
seriedad, y
con un
defecto: el
volumen de
su ruidosa
música.
«Ruido» (Uruguay-Argentina-España, 2005, habl. en español). Guión y dir.: M. Bertalmio. Int.: J. Visca, J. Bazzano, M. Olazábal, L. Carlevari, E. Santolaria, J. Linuesa, F. Casado, M. Sitjá.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
No hace falta que lo anuncien. A poco de empezada, ya cualquiera advierte que ésta es una comedia claramente uruguaya, no porque haya gente con el termo bajo el brazo (no hay ninguna), sino por el ritmo, y por tipo de humorismo suave, un tanto absurdo, que predomina. Ese modo de contar las cosas, de reírse de la estupidez humana con toda seriedad, y hasta con una parsimoniosa, tristonga y cruel solemnidad, es propio de uruguayos, desde Felisberto Hernández para adelante, y quizá también para atrás.
Ahora, tratándose de cine, también parece propio de ellos contarlas con un protagonista de la escuela hendleriana, y con un invitado por episodio, como para que todos los amigos participen en la broma. Para el caso, el flacucho Jorge Visca interpreta a un auténtico infeliz de tiempo completo (la mujer lo desprecia, los jefes se le burlan, el que pasea su perro lo basurea), que, por extrañas circunstancias, se convierte casi simultáneamente en inspector municipal de ruidos y médico de sanos que se creen incurables, dos tareas que hacen aparecer a otros cuantos personajes, y llevan a reflexionar, con cierta discreción, acerca del modo en que cada uno afronta su vida, y su destino.
Como inspector de ruidos, ayuda a un jefe municipal bastante disparatado, entusiasta, y de una lógica falta de lógica, pero muy lúcida. Por ejemplo, si un lavarropas fastidia, lo tira por la ventana con agua y todo, «porque así cae más rápido». Y cuando alguien se pone pesado, primero le pregunta si tiene algún problema cardíaco, y después lo vuelve livianito y bien manso.
A ese personaje, interpretado por Jorge Bazzano, le tocan los mejores chistes, por ejemplo el de referirse a «las ciencias ocultas como la resurrección y la parasitología», y le toca también una escena increíble (si no fuera bastante cierta) con unos pibes que aspiran pegamento.
Al mismo tiempo, nuestro protagonista, como (falso) médico, ayuda a la sobrina de un cancerólogo que, antes de morir, engañó a muchos pacientes haciéndoles creer que tenían algo irreversible. No lo hizo por maldad, sino para darles la ocasión de cambiar, porque llevaban una vida inútil (la sobrina no dice precisamente inútil, sino un término más coloquial, mucho más expresivo, aquí impublicable). Todo lo cual, entremezclado, permite apreciar diversas clases de ruidos, urbanos, existenciales, y si se quiere hasta metafísicos. La idea no está mal, y se cumple atendiblemente. El conjunto hace sonreir, y deja pensando. Lo único malo, el volumen demasiado ruidoso de la música.
Dejá tu comentario