21 de agosto 2019 - 00:00

Sarmiento, o el prócer que ajusta cuentas consigo mismo

La obra conjuga al "el guerrero y el pensador, al exiliado y el gobernante. Es el personaje con claroscuros que tuvo un proyecto de país".

Gustavo Nahmías. Su pensamiento sigue vivo. La Argentina era un proyecto basado en la educación, la industria y la inmigración.
Gustavo Nahmías. "Su pensamiento sigue vivo. La Argentina era un proyecto basado en la educación, la industria y la inmigración."

Esperando el instante final, Domingo Faustino Sarmiento se interna en los entreveros de su conciencia en un flotante balance. Es el ajuste de cuentas consigo mismo de un héroe de la patria, exaltado y denostado. En “El inmortal” (Edhasa), Gustavo J. Nahmías usa una concentrada ficción para revisar la vida de Sarmiento. El autor es sociólogo, doctor en Ciencias Sociales, profesor y secretario académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Ha escrito ensayos académicos y la novela “Alma de bandoneón”. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué lo movió a escribir sobre Sarmiento, de quien tanto se ha escrito ya?

Gustavo Nahmías: La lectura de Sarmiento me resultó fascinante. Por supuesto que la lectura de los 53 volúmenes de sus obras completas poca gente la habrá hecho. Es un personaje emblemático de la historia política social argentina. Un personaje que tiene un proyecto de país, que se va forjando una cosmovisión personal. Algunos exaltaron su figura, otros la denostaron. No ha dejado de ser polémico, controversial, pero al día de hoy mantiene su presencia. Sigue resultando referencial. Sus afirmaciones, sus frases, su pensamiento tienen vigencia. A partir de él y de ahí en adelante su figura fue produciendo un eclipse en muchos autores argentinos que chocaron con su pensamiento. Podemos pensar en Ramos Mejía, Ingenieros, Martínez Estrada, Jauretche. Todos ellos, de una manera u otra, confrontaron con el ideario sarmientino. Mi intención con “El inmortal” no fue hacer una condena moral dentro de una ficción sino rescatar al “padre del aula”, “el de las ochocientas escuelas”, el guerrero y el pensador, el exiliado y el gobernante, y también el mentado por sus aventuras. Lo dejé hablar y que se mostrara con esos claroscuros que tiene la mayoría de los personajes de nuestra historia. Por su mente errática se cruzan Rosas, Mitre, Alberdi, no pocas damas.

P.: En “El inmortal” usted lo encarna, asume esa voz contundente, famosa por los gritos que pegaba y que se mantiene a pesar de los achaques.

G.N.: Encarnar esa voz fue el gran desafío en el momento de la escritura. Tuve que encarnar esa voz sin exterioridad. Al deslizarse en un fluir de la conciencia permanente no tiene relación con el mundo exterior. Es él y su pensamiento. Y en esos pensamientos se pierde, queda diluido. Está en Paraguay, enfermo. Está en la tierra donde murió Dominguito, su único hijo, en esa tierra que él maldijo. Presiente que está en sus últimos momentos y le inquieta no saber en qué instante su vida concluirá. Cuando trabajaba en los borradores de esta novela supe que si encontraba esa voz interior, íntima, encontraba el destino del texto.

P.: Fue un luchador que decía sin vueltas las cosas que sentía y le dolían, y si pensaba “la puta que lo parió” escribía “la puta que lo parió” como un clásico, como decía Anzoátegui. Bueno, como nuestro gran clásico que es.

G.N.: Tenía un temperamento arrollador. “Usted es un escritor de guerra”, le escribe Alberdi. Tiene un ímpetu que no para. Está permanentemente en combate. Está en el concepto de “civilización o barbarie”, no importa el costo de la civilización que quiere imponer. En él la espada, la pluma y la palabra se conjugan y forjan uno de los más interesantes personajes del siglo XIX.

P.: En eso, su novela podría verse como la contracara de “El farmer”, la novela donde Andrés Rivera revive los últimos días de Juan Manuel de Rosas.

G.N.: “El farmer”, “La revolución es un sueño eterno” y “Ese manco Paz”, de Rivera, me parecen libros maravillosos. La voz que se entrega en monólogo precisa de una puntuación determinada, exige un tiempo determinado, una respiración determinada, para que el lector se mimetice con ese fluir de la conciencia. Rivera es un maestro en eso. Y esa influencia está en “El inmortal”, pero también está Piglia, el Piglia que sostiene que Sarmiento es nuestro mayor escritor argentino del siglo XIX. Como también está el Borges que escribe “Sarmiento es el soñador que nos sigue soñando”.

P.: Borges lo hace inmortal en ese poema a Sarmiento que Victoria Ocampo le pide que escriba para “Sur”, y él procrastina, no tiene muchas ganas, hasta que empieza “no lo abruman el mármol y la gloria”.

G.N.: Acaso Borges debía dudar en cómo situar a Sarmiento, cómo alejarse de la estatua, del monumento. Sarmiento sabe ver que hay un proyecto de una clase que comienza a hacerse cargo de la nación. Y él que ha viajado, que ha visto Europa y luego Estados Unidos, piensa que lo que se necesita son pioneros, gente que venga a trabajar la tierra, laboriosa, emprendedora a partir de una parcela, que quiera educarse para integrarse. El pensamiento del sanjuanino hoy sigue vivo. Su vida estuvo anclada en pensar la Argentina como un proyecto basado en la educación, la industria y la inmigración. En forjar ciudadanías. Por todo eso puse al final de la novela la imagen post mortem de Sarmiento, arropado, en una silla que tiene algo de pupitre, con un brazo sobre un libro, que no parece muerto sino dormido, sino soñándonos. Es el soñador de “Argirópolis”, ensayo donde sueña los Estados Unidos del Río de la Plata, juntando Uruguay, Paraguay y Argentina con capital en Martín García, ¿planeaba el Mercosur?

P.: ¿Cómo planeó contar la vida de Sarmiento en sus 14 breves momentos finales?

G.N.: A medida de que iba escribiendo pensaba el momento que podía estar atravesando, su salud, su respiración, su memoria, y así surgen: ensueño, alivio, vigilia, desvelo, sosiego, intriga, y el resto. Instantes en el umbral de la muerte. La rendición de cuentas de un Sansón en su viaje final que para mí fue un viaje desde la escritura.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

G.N.: Estoy pensado qué voy a escribir, por el momento nada. Después de una serie de ensayos y textos académicos “El inmortal” es mi segunda novela, la primera fue “Alma de bandoneón”, que publicó Norma, sobre Aníbal Troilo, que escribí en España. Me había llevado a Madrid toda la discografía de Pichuco, y libros sobre su vida y su música.

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