30 de mayo 2001 - 00:00
"Sarmiento y Roca taparon su genio"
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Páez de la Torre (h).
C. P. de la T.: Es un hombre que gobierna sin partido, porque su apoyo era Alsina, y Alsina muere. Justo después de la Conciliación, cuando parece que ya había arreglado con los mitristas, con el Partido Nacionalista, se muere Alsina y Avellaneda queda sin apoyo. Es un tucumano que no tiene un apoyo político sólido. Es una presidencia atribulada. La de él es una presidencia atribulada, y hace cosas importantísimas. No sólo la cuestión de la Capital, que por supuesto hay que ponerlo entre los grandes hechos políticos del siglo XIX, sino la Campaña del Desierto es de Avellaneda, y también la defensa de la soberanía en la Patagonia. Es él quien pone a Roca, se cambia la estrategia y culmina con un éxito. Su labor en educación arranca ya cuando era ministro de Sarmiento y transforma el país culturalmente, al instituir las escuelas normales donde se preparan los profesores para enseñar.
P.: El aspecto educacional siempre se le atribuye a Sarmiento y la pacificación a Roca, nunca se menciona a Avellaneda...
C.P. de la T.: Siempre hay un escamoteo respecto a su figura que nunca he entendido por qué. A veces se me ocurría el fácil agravio de «era un provinciano», pero todos los presidentes eran provincianos. Roca y Sarmiento lo eran. La mayoría de los presidentes han sido provincianos y no porteños. Por lo tanto pienso que, simplemente, hay personajes que tienen más suerte que otros con la historia. Paso, hasta hace muy poco con otro gran olvidado, Carlos Pellegrini, que recién en los últimos tiempos mereció extensos estudios biográficos. A veces es cuestión de tener suerte con la posteridad, nada más.
P.: Avellaneda tiene cierto aspecto romántico, hasta muere joven...
C.P. de la T.: Siempre me llamó la atención de que no haya interesado a los novelistas porque es una figura enormemente literaria. Era un literato que lo vivía disimulando porque tenía una pasión absorbente por la política. Era triste, melancólico... Sería interesante ahondar en la clave de su psicología. Se expresó mucho en las cartas y ha dejado ese epistolario tan cuantioso que se ha editado, además de lo mucho que hay inédito de él, donde se podría investigar qué había en la mente de ese muchacho que tuvo ese trauma juvenil de ver, porque en ese momento estaba en Jujuy, cómo a su padre, un mártir de la guerra civil, le cortaban la cabeza. Y ese hombre, a cuyo padre lo degüellan, que debió pasar su niñez en el exilio, es el presidente que jamás persigue a nadie, que jamás dicta penas de muerte para nadie, y cuando las hay, las conmuta. Ni quiere matar a nadie, nunca. Es un ejemplo de templanza y tolerancia. Cree en la instancia civil y civilizada del diálogo, siempre, hasta el final.
P.: ¿El pacificador estuvo signado por aquella tragedia?
C. P. de la T.: El día que se va de la presidencia, cuando asume Roca, en su melancólico discurso dice que no va a hablar de su presidencia, «que hablen los que vienen», pero de lo que quiere dejar constancia es que él la ha ejercido, en tiempos muy tormentosos, «con benevolencia casi infatigable». Y era el hijo de un degollado. Hijo él, hija su esposa de decapitados. Carmen Nóbrega vio cómo mataban en Barracas a su padre, cortándole la cabeza como al padre de Avellaneda.
Ese hecho terrible, que marca con el signo de la tragedia toda la vida de una persona, no lo impulsó en la senda del odio ni del rencor, sino que le inspiró una indómita repulsión a esas matanzas. Un dato: fue el primer presidente que no sabía manejar un arma. Y el primero de estatura diminuta. Es como Thiers, decía Sarmiento. Jamás en sus cartas se encuentra la injuria, que las de otros siempre está presente o tácita. Siempre tiene una actitud comprensiva respecto a las personas, no contestó nunca a los agravios que le dirigían.
P.: ¿Era un lírico?
C. P. de la T.: Quienes lo conocen por sus bellos discursos, por su amor a la literatura, su refugiarse en bibliotecas, desconocen que era un hombre eminentemente práctico; a la hora de la verdad no tenía nada de lí-rico. Fue un excelente profesor de Economía Política en la Universidad de Buenos Aires, y ahí no hay lirismo que valga. Cuando se leen sus intervenciones parlamentarias se descubre que es alguien que va directamente al núcleo del asunto, con una capacidad de alegar y replicar notable. Tenía un conocimiento de los problemas impresionante. Y ahí se terminaba el verso, la literatura y la humareda, demostraba con contundencia que tenía su tema bien estudiado y lo exponía y defendía con una pericia única.
Acaso esto tenga que ver con su profesión. Fue uno de los grandes abogados de Buenos Aires. No por nada el estudio de Roque Pérez, el mejor de Buenos Aires en esa época, que manejaba quinientos expedientes al año, lo hizo socio. Era un hombre múltiple, un estadista. Un gran escritor y un crítico literario de primera categoría. Como periodista, fue redactor de «El Nacional», donde publicó editoriales memorables. Fue, en definitiva, un hombre múltiple que muere a los 49 años, después de veinte años de vida pública ininterrumpida.




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