19 de octubre 2006 - 00:00

Se excede con trucos el mago Edward Norton

Edward Norton le ha tocado ser esta vez el héroe de la película en «El ilusionista», de Neil Burger.
Edward Norton le ha tocado ser esta vez el héroe de la película en «El ilusionista», de Neil Burger.
«El ilusionista» («The illusionist», EE.UU.República Checa, 2006; habl. en inglés). Dir.: N. Burger. Int.: E. Norton, P. Giamatti, J. Biel, R. Sewell y otros.

Ningún político de alto rango está libre de que su prometida se enamore de un brujo. Hasta la historia argentina acusa algún ejemplo. Lo que ocurre en «El ilusionista», sin embargo, es mucho más romántico, elegante y fantasioso. Tan fantasioso que corre el riesgo de asomarse, especialmente en el desenlace, al temido abismo de lo cursi.

En verdad, el rival del malévolo príncipe heredero del imperio austrohúngaro Leopoldo no es un brujo sino un mago, llamado Eisenheim el ilusionista (Edward Norton).

Leopoldo, a quien interpreta Rufus Sewell (actor definido alguna vez como el Jude Law de los pobres) está comprometido con la noble Sophie (Jessica Biel), quien en su infancia conoció y se enamoró de Eisenheim, por entonces un adolescente campesino cuyas artes aún no estaban tan desarrolladas como para lograr algunos de sus futuros milagros. Lo peor: no pudo, tal como le reclamaba ella por justificadas razones, hacerla desaparecer. Los hechizos tienen sus propios tiempos.

En el presente de la acción, la Viena de Francisco José, Eisenheim llena teatros como David Copperfield, y con artes extremadamente más sofisticadas pese a su época (eso de andar volando por ahí es una fruslería al lado de lo que es capaz el ilusionista enamorado). Quien no lo tolera, de mero envidioso, es el inspector de policía y aprendiz de mago Uhl (Paul Giamatti, un yanqui en la corte de los Habsburgos, que sigue con esa cara de rechoncho gourmet que lució en «Entre copas»).

Tanto no lo tolera que, de celarle y envidiarle los trucos, Uhl pasará a convertirse en su sombra permanente, en una especie de capitán Renault (en todos los sentidos): tanto mejor para él cuando, debido a una trágica peripecia en el rumbo de los hechos, se vea obligado por orden de la superioridad a hostigar a Eisenheim e inclusive a arrestarlo. Pero Uhl, pese a todas las evidencias, parece seguir sin darse cuenta con quién se las tiene que ver (o no ver).

«El ilusionista», indudablemente, es una película bien vestida, con todos los oropeles necesarios para un film romántico «de época». Fue rodada en Praga, ciudad tan «mágica» que puede pasar perfectamente por la dorada Viena imperial, y por momentos posee el encanto de cualquier acto de prestidigitación: hacer creer algo cuando se es otra cosa (en su caso, hacer creer que es una película seria). En fin, se puede disfrutar plácidamente, igual que cualquier truco de magia.

Pero hay que estar muy alerta en el final: la explicación de la «sorpresa» viene a pasos veloces, se atan cabos sueltos, y diamantes, y espadas, y caballos también sueltos a todo galope, e inclusive tampoco se deja claro si aquello con lo que nos soprende el guión es real o si se trata de la mera conjetura de uno de los personajes. La magia tiene razones que la razón no conoce.

M.Z.

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