Aparecen en cartelera, o más bien repartidos en diversos nichos, seis estrenos nacionales, todavía cosecha 2024. El único de intención comercial (honrada intención) es el sanguinolento “1978”, de los hermanos Luciano y Nicolás Onetti, donde miembros de un grupo de tareas capturan a miembros de un grupo satánico, y así les va. En festivales de cine de terror, de Ontario y Phoenix para abajo, “1978” ya logró 12 premios, en los rubros Mejor Film, guión (que aún así pudo ser mejor), elenco, efectos, sonido, maquillaje y fotografía.
“Después del final”, de Pablo César, tiene otra intención: rendir homenaje a Luz Fernández de Castillo, pintora, escritora, galerista, editora de abundantes libros de arte y poesía que, casi nonagenaria, actúa en la película haciendo un personaje ficticio idéntico a ella. Vale decir, esto no es un documental ni una biopic rutinaria. Su crecimiento en la librería del padre granadino, amores, amistades preciosas, desazones, la veneración a Borges y García Lorca, el camino al quirófano (“el magnífico bosque del futuro se ha convertido en las hojas secas del presente”) se representan aquí en una escenificación de estilo particular, capaz de incluir como lo más natural la visita llena de alegría de un hermano muerto. Eleonora Wexler y el recordado Héctor Bidonde son algunos de los varios participantes en este singular homenaje.
Por su parte, en “Sombra grande” Maximiliano Schonfeld hace una suerte de homenaje, que también es despedida por partida doble, a los viejos alemanes del Volga afincados en el campo entrerriano, y al viejo Blas Jaime, que conservó la lengua chaná de sus ancestros. Los chaná, hoy prácticamente extinguidos, vivían donde luego se instalaron los colonos escapados de Rusia, cuyo espíritu también se va perdiendo. Sus descendientes más jóvenes ya están en otra cosa. Tocante, el momento en que el poema de Julian Vejarano “Sombra grande” es leído por esos viejos, cada uno en su lengua. Curioso que acá, donde algunos se llenan la boca hablando de las raíces, registros como éste pasen inadvertidos (ya poca repercusión tuvo el primero, “Lantec chaná”, de Marina Zeising, 2017)
Resta mencionar otra de terror, “La hacienda. El regreso de los malditos”, de Gaby Smiths, con esa clase de gente que va donde no le conviene y es recibida por alguien (en este caso, justificadamente) vengativo, y un par de documentales hechos por jóvenes mujeres con intereses y alcances distintos: “Viento del Este”, ensayo godardiano de Maia Gattás Vargas que trae a la memoria lo poco que se sabe del abuelo inmigrante y lleva la cámara desde Bariloche, todo nevado, a Palestina, la tierra del abuelo, y “Wacay. Mujeres del tabacal”, de Belén Revollo, producción jujeña bien armada donde campesinas de manos curtidas, vidas sufridas y sueños perdidos trabajan sin resuello y hablan del oficio, el esfuerzo, y la familia más allá del trabajo. Cabe aquí la frase de Ruiz Aguilera, bien difundida por los payadores de otros tiempos: “Diciendo está el cigarro lo que es la vida: fuego de unos instantes, humo y ceniza”. Así también es la vida de las películas, sobre todo las nacionales.
Dejá tu comentario