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14 de abril 2008 - 00:00

Sobresale Lucía Cedrón en el cine del Bafici

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Si «Cordero de Dios», de Lucía Cedrón, se hubiera anotado entre las competidoras del Bafici, es casi seguro que se llevaba el primer premio caminando. Sólida, bien armada, bien actuada, sin desbordes, con una historia fuerte y un tema punzante, su presentación ayer, fuera de competencia, hizo comprender rápidamente porqué días atrás se alzó con el premio del público en los festivales de Toulouse y Marseille.

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Alternando entre 1978 y 2002, con Leonora Balcarce como la nieta que debe conseguir plata para pagar el secuestro de su abuelo (Jorge Marrale), mientras procura entender la actitud distante de su madre (Mercedes Morán), la película arroja luz no sobre hechos políticos, sino sobre sentimientos humanos relacionados con el rencor, la piedad, y el sacrificio de la inocencia. Y lo hace muy bien.

En cuanto a los films vistos en competencia este fin de semana, cabe señalar el español «Yo», donde un alemán simpático trata de ser aceptado por los raros isleños de Mallorca (hay final feliz), el documental canadiense «Up the Yangtzé» (registrando la destrucción social y medio ambiental en nombre de la energía eléctrica de un megaembalse), y los argentinos «El sueño del perro» (que coherentemente se maneja con estilo onírico), «Los paranoicos» (comedia que daba para más) y «Unidad 25» (enfoque limitado pero tema interesante, una cárcel manejada por evangelistas a los que, dicho sea de paso, le convendría tener entre sus internos algún maestro de canto).

Señalables, en muestras paralelas, la romántica irlandesa «Once», la mexicana «Los ladrones viejos», muy risueña, y la comedia «Actrices», de y con Valeria Bruni Tedeschi cuya hermana, la linda Carla Bruni vendrá con su marido el año próximo, en visita oficial (el presidente de Francia, claro).

Decepcionante, en cambio, «The Man of London», del húngaro Bela Tarr, que dedica los cinco minutos iniciales a un juego abstracto de luces, los cinco siguientes a sugerirnos que allá al fondo del plano parece que mataron a alguien, y recién los últimos quince a interesarnos en los sentimientos del investigador, la mujer del acusado, y el hombre que asume la culpa.

Muy buena la fotografía en blanco y negro de Fred Kelemen (que casualmente está presidiendo el jurado del certamen internacional), pero 140 minutos es mucho para algo que el simple artesano Henri Decoin ya había narrado admirablemente en apenas 98 («L'homme de Londres», 1943), manejando no sólo la atmósfera amarga de cine negro, sino también el interés del público, y eludiendo además la censura de los ocupantes nazis.

Dicho sea de paso, finalmente Bela Tarr, esperado para el sábado, se quedó en su casa. Lo mismo, Masahiro Kobayashi, apodado «el más francés de los directores japoneses». Dos indicaciones finales: para estómagos fuertes, «Red Army/ PFLP: Declaration of World War», sobre extremistas de Japón y Palestina en los '70, y «United Red Army», evocación del sitio de Asama, cuando los líderes del Ejército Rojo Japonés, viéndose rodeados, masacraron sin asco a sus propios perejiles. Ambos films son de Koji Wakamatsu, veterano autor comercial especialista en sexo, politiquería y violencia.

Y para estudiosos, «The Old, Weird America: Harry Smith's Anthology of American Folk Music», sobre el singular personaje cuya colección de discos de campesinos de los '20 tuvo tanta influencia en los cantautores de los '60 (la antología de 78 temas se reeditó hace poco, vendiendo medio millón de copias solo en EE.UU.).

Quizá eso inspire a alguien a escuchar de paso las grabaciones de Carlos Vega y los hermanos Bruno y Tulio Jacovella, desdeñados desde hace generaciones por su nacionalismo (además de que Vega no compraba discos, sino que iba al medio del monte y los cerros a grabarlos de la fuente original).

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