«Aldaba». Comp. Noche Flamenca. Dir. Art.: M. Santángelo. Int.: S. Barrio, A. Granados, A. Losa y elenco. (Teatro Avenida). Hasta el 2 de septiembre.
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En su quinta visita al país, la compañía «Noche Flamenca» reitera algunas pautas estéticas que ya son como una marca de estilo y de su manera de entender el arte flamenco. En un escenario casi totalmente despojado, algunas sillas negras apenas se distinguen en medio de un entorno negro y sombrío. De a uno, bailarines, cantaores y guitarristas ocupan sus puestos en la geométrica organización que traza la ascética puesta en escena de Martín Santángelo y, a partir de allí, actúan, sólo con el auxilio de un magnífico diseño lumínico tramado por Stephen Petrilli, que si bien se vale de sombras y oscuridades va dejando ver de a poco los cuerpos que pueblan el escenario con cálidos naranjas y rojos contrastados con la frialdad de los azules.
Con ese entorno plástico, la «Noche flamenca» avanza y estructura un espectáculo severo, de economía de recursos, en el que lo que importa es la flexibilidad del baile. Desde el comienzo se evitan los estereotipos del show flamenco «for export». El grupo de artistas, que incluye además de Soledad Barrio a dos bailarines y dos bailaoras, dos cantaores y dos guitarristas, apunta a la búsqueda de una autenticidad sin artificios ni estilizaciones.
La eficacia se evidencia en todos los cuadros. Los guitarristas Miguel Pérez y José Valle «Chuscales» junto a los cantaores Manuel Gago y Trini de la Isla sostienen con su sonoridad el recorrido por algunos de los típicos «palos» del flamenco como soleares y siguiriyas. La intención es formular un paisaje característico sin adiciones extemporáneas, una preocupación constante durante la jornada que se estructura en dos partes y siete números entre cuadros bailados y «solos» de guitarra y cante.
Cantantes y guitarristas son excelentes pero el trío de bailarines alcanza un grado excepcional: Soledad Barrio, danza femenina abismal traspasada por potencia casi salvaje: Alejandro Granados y Alfonso Losa, cada uno a su modo, son saludablemente creativos para el arte coreográfico que los tiene como centro, y transgresores a su manera en el arte de zapateado y de la flexibilidad física, a pesar de presencias alejadas de lo convencional del bailarín flamenco, delgado y casi asexuado. Aquí, son hombres de un pueblo rústico y vibrante que bailan amarguras y alegrías con potencia. Elena Martín y Vanesa Coloma aportan también ellas una danza de vibración interior. Negros y rojos, fundamentalmente, son los colores que pintan estos paisajes hispanos donde el fuego sagrado es consecuencia y sum de sangres ardientes y ondulantes, en la voz, en las cuerdas, en las palmas y las danzas. El vestuario, siempre atractivo, es un componente fundamental de esta «Aldaba».
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