23 de mayo 2001 - 00:00

"Soy de una generación que fue pulverizada"

Gonzalo Celorio.
Gonzalo Celorio.
México tiene hoy una pleveya de de escritores internacionales. El catedrático y académico Gonzalo Celorio (México DF, 1948) es uno de ellos. Con dos novelas, «Amor propio» y «Y retiemble en sus centros la tierra» (título que reproduce un verso del himno mexicano), traducidas a varios idiomas, y una decena de libros de ensayos, se ha hecho un lugar propio. El presidente Fox lo puso al frente de la editorial Fondo de Cultura Económica.

Periodista: ¿A través del grupo de escritores de la Generación del Crack la literatura mexicana vive un pequeño boom?

Gonzalo Celorio: Creo que es algo más editorial que literario, como lo fue el «boom de la literatura latinoamericana». Ahora, Jorge Volpi, con su novela «En busca de Klingsor», e Ignacio Padilla, con «Amphitryon», obtuvieron premios internacionales. De manera muy clara son producto de una buena negociación por un agente editorial exitoso; esto no va en demérito de sus calidades literarias, pero me parece que hay un espectro mucho más amplio de escritores mexicanos de alta calidad que no han tenido la misma suerte, quizá porque no han sido atendidos por agentes capaces de vender sus derechos en la Feria del Libro de Francfort; en el caso de Volpi, pagados millonariamente. No habría que reducir expresión literaria a expresión editorial; son dos cosas distintas que a veces coinciden, como en el caso de esos jóvenes del Crack, que son muy buenos escritores y, a la vez, tuvieron mucho éxito. Importa que los escritores comiencen a profesionalizarse, tener agentes, vender derechos, ser traducidos, espaldarazo que repercute en la propia lengua.

P.: Y salir en giras internacionales...

G.C.: Y con toda esas tareas no se a qué hora se escribe (ríe).

P.: ¿A esos autores les ayudó haber ubicado sus novelas en el ámbito europeo y en el final del nazismo?

G.C.: Es algo bastante inusitado. Volpi, Padilla, Villoro -con «El disparo de Argón»- o Saltiel Alatriste -con su novela sobre Kafka, «El daño»- ubicaron sus historias en el mundo europeo. Esto habla de la intención internacionalista de los escritores mexicanos y de la globalización; me parece muy interesante.

Estereotipos

P.: ¿Considera que México tiene la particularidad de muchas generaciones escribiendo y muchas literaturas diferentes?

G.C.: En el '92, algunos escritores fuimos invitados a la Feria de Francfort, que se dedicó a México. En una mesa éramos 7 escritores, y el público alemán estaba muy decepcionado porque en nuestras obras no llovía durante 4 años como en Macondo, los personajes no se iban al cielo en cuerpo y alma, o los muertos no estaban suficientemente vivos. Había un estereotipo de lo que debía ser la literatura hispanoamericana, y particularmente la de los países mestizos: realismo mágico, presencia indígena, temas telúricos sobre la vida y la muerte, etcétera. Estaban molestos porque nos metíamos en asuntos que eran casi de su propiedad: novela policial, psicológica, política o urbana. Afortunadamente, superamos ese estereotipo, y esto tiene que ver con la gran diversidad que caracteriza a nuestros países.

P.: ¿Cómo se presenta esa diversidad en México?

G.C.: Tiene muchas realidades simultáneas, con muchos tiempos diversos que se presentan sincrónicamente. Nada tiene que ver el mundo indígena, chapaneco, con el chicano o el de la ciudad de México, que tiene la mayor concentración urbana del planeta y eso suscita muchas literaturas urbanas distintas que nos enriquecen. La diversidad de nuestras literaturas es una insurrección al estereotipo; en eso estriba la dinámica y la riqueza de nuestra producción.

P.: ¿Esa idea le llevó a escribir su novela «Amor propio»?

G.C.: Siempre es un poco difícil hablar de una novela propia, sobre todo cuando es de «Amor propio»...

P.: Donde no evita señalar su relación con el onanismo...

G.C.: Así comienza, y es casi un plagio a Cabrera Infante, que así le llama a la primera parte de «La Habana para un infante difunto», que es una historia del onanismo, realmente. En mi caso, es un homenaje a Cabrera Infante.

P.: ¿Por qué le resulta difícil hablar de sus novelas?

G.C.: En buena medida, uno escribe, por lo menos yo, no para recordar, sino para olvidar. Escribo para ya no hablar, y «Amor propio» es una novela que ya tiene casi diez años...

P.: Tardó siete años en publicar la siguiente...

G.C.: La novela es un género que implica para mí mucho tiempo; soy un escritor moroso, muy lento. «Y retiemble en sus centros la tierra» es la segunda y la más reciente, pero entre medio hay diez libros de ensayo.

P.: ¿Qué conflictos le crea la escritura de una novela?

G.C.: Una novela siempre procede de un conflicto y, aunque no lo solucione, empieza a estar en otra parte, en el libro, y ya no en el pecho del escritor. Narrar es casi terapéutico.

P.: ¿En «Amor propio», que lo motivó a escribir?

G.C.: Tratar de saber qué le podía pasar a un personaje formado en el slogan «hay que desconfiar de los mayores de 30», cuando cumple 30 años en el momento de la institucionalización de «la buena onda», de la ruptura, de la subversión, lo veo bastante fuerte; más allá del humor con que es tratado o las referencias circunstanciales a modas, música y lenguaje. Tiene que ver con muchas cosas que han ocurrido políticamente en México, haber vivido durante 70 años bajo un partido que se llama, casi como un oxímoron, Revolucionario Institucional, terrible paradoja que quise mostrar en mi novela. Relato, por ejemplo, una boda que pretende ser iconoclasta y acaba por subordinarse a otro tipo de rituales igualmente coercitivos que los que pretende romper. Es histórica, aunque trate de sucesos cercanos.

P.: ¿Su personaje busca mostrar a una generación mexicana?

G.C.: Una generación pulverizada, disuelta antes de que se consolidara. Luego de la masacre del 2 de octubre, cae en el aislamiento, en un «amor propio» con todas sus connotaciones. Me parece significativo que eso haya sido efecto y no causa del movimiento estudiantil. Incursiona en el hippismo, el budismo zen, las filosofías pasivas, la marihuana, en prácticas solitarias e individualistas. Si algún valor puede tener esa novela es que nunca habla de aquella masacre, no es su tema -como lo es para Elena Poniatowska-. Trata de las consecuencias morales, afectivas, eróticas que tiene un movimiento político.

P.: ¿De qué trata «Y retiemble en sus centros la tierra»?

G.C.: Es un vía crucis. Un viejo profesor de Historia del Arte y la Literatura, alcohólico, se separa de sus alumnos por la jubilación y hace un recorrido por el centro de la ciudad de México yendo de bar en bar. La novela tiene 14 capítulos que se corresponden con las 14 estaciones del Vía Crucis, y como en él, se siente condenado a muerte, se encuentra con su madre, un amigo le ayuda a cargar la cruz. Cargar la cruz en México es estar crudo, tener una resaca. Y conforme va adentrándose en la ciudad, los lugares que visita son cada vez más sórdidos. Es un viaje hacia el infierno. Muere entre dos ladrones en el Zócalo, y en el último capítulo podría haber una resurrección.

P.: ¿La relaciona con novelas de otros?

G.C.: Tiene varios referentes: el «Ulises» de Joyce, «Muerte en Venecia», de Thomas Mann y, la más poderosa, «Bajo el volcán», de Lowry. Algunos de mis alumnos hacen el recorrido de esa senda celoriana; afortunadamente, no llegan al final.

Dejá tu comentario

Te puede interesar