Al debate sobre el futuro del Museo de Bellas Artes publicado la semana pasada en Ambito de las Artes, se sumaron ahora voces autorizadas de la comunidad artística. En principio, se había planteado el problema -al parecer irresoluble-de la falta de presupuesto, pues pese al alto grado de visibilidad y lucimiento que adquirió el Museo, el Estado se ha desligado de la responsabilidad de financiarlo. Dilema al que se suma la necesidad de un cambio estructural, que separe al menos la dirección de la administración. Se trata de cambios que demandan decisiones políticas que bien podrían cambiar el destino del Museo, pero la urgencia de llamar a concurso para cubrir el cargo de director antes de definir el perfil de la institución, conspira hoy en contra de las modificaciones que reclaman los expertos. Mercedes Casanegra, presidenta de la Asociación de Críticos de Arte, coincide con Marcelo Pacheco (MALBA), Adriana Rosemberg (Proa) y Laura Buccellato (MAMBA), al afirmar que «no puede ser una misma persona (el director) la que lo hace todo» y destaca la importancia cuidar el patrimonio del Museo. « Independientemente de la opción de ocuparse de temas contemporáneos y a diferencia entre un centro cultural, el Bellas Artes posee una colección, y es fundamental que se cuide. Las reservas del Museo que son patrimonio de todos tienen que estar en óptimas condiciones. Eso es lo primero, después que elijan las políticas a seguir», insiste. Casanegra observa que «hace más de diez años que prácticamente no se exhibe la colección del siglo XX, salvo las obras de Nueva Figuración, cuyo De la Vega, que es una excelente obra, se muestra en condiciones malas de conservación». Casanegra opina que independientemente de quien ocupe la dirección, «el Museo tiene que tener una estructura de cargos, si es posible también concursados, para las áreas de investigación, curadurías, educación, etcétera. Y que esas áreas trabajen de manera autónoma a los vaivenes de humores y opiniones de los directores». José Burucúa, doctorado en Historia del Arte y en Historia, ex vicerrector de la UBA, investigador y docente, señala que «ante todo, sería bueno que el MNBA fuera ese lugar donde el visitante argentino y extranjero encontrase un relato amplio y consistente sobre el devenir del arte en la Argentina, por lo menos desde la Independencia hasta el fin del siglo XX». Añade que «no es posible que un lugar semejante no exista en Buenos Aires, pues en el Bellas Artes se encuentra la mejor colección pública de pintura y escultura argentina». La importancia de exhibir nuestro patrimonio adquiere mayor relieve si se entiende que los críticos, curadores y directores de museos que llegan del exterior y quieren ver el arte argentino, se ven obligados a recorrer colecciones privadas o a mirar fotografías de las obras que hoy duermen en los depósitos. Y con esta política, no es de extrañar que el arte argentino esté segregado de las muestras internacionales.
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Por otra parte, Burucúa entiende que el eclecticismo de la colección europea, que tanto ha costado formar en términos de inversión histórica, es lo bastante importante en Latinoamérica como para que también sea exhibida. Considera que «es posible darle un sesgo muy particular a nuestro Museo, que lo distinga de otros equivalentes del mundo y transforme en un hito su visita para los turistas locales e internacionales. La colección ya existente es notable en la pintura y escultura del siglo XIX, porque nuestros coleccionistas y donantes compraron piezas magníficas del main stream del arte francés (que se exhibe), pero también adquirieron piezas notables del arte español, del italiano, del belga e incluso del alemán decimonónicos. Podríamos tener así un museo donde fuera posible establecer comparaciones entre las artes europeas del realismo al despuntar de las vanguardias y además repetir la experiencia con el arte del Río de la Plata.Algo excepcional en el mundo entero, porque los países europeos suelen tener cosas incomparables dentro de su propia tradición, pero es muy difícil poder ver al mismo tiempo, por ejemplo, lo bueno de la pintura francesa del siglo XIX junto a lo notable de la española o de la italiana de la misma época. Es probable que semejante museo dentro del museo, dedicado especialmente al siglo XIX, permitiera definir una política consistente de compras futuras, con pintura y escultura del siglo XIX producida en otros países sudamericanos, en México y también en los Estados Unidos».
Ante la falta de espacio del MNBA, la propuesta de varios entendidos es trasladar la colección europea al Palacio del Correo, pues es un bien del Estado Nacional y el costo sería mínimo.
Vale la pena destacar que desde estas páginas, tanto en tiempos de crisis como de franca prosperidad, subrayamos la posibilidad de que el Estado incrementara su patrimonio con los tesoros del siglo XIX que salen a la venta en los remates porteños, o los que a veces se exportan ilegalmente. Sobre todo teniendo en cuenta que la falta de dinero no es una excusa válida, porque todavía se debe investigar cómo se gastaron cuatro millones de dólares en la estatua de Evita emplazada frente a la Biblioteca Nacional, y simultáneamente se firmaba la salida de unas «Parvas» de Monet estimadas en dos millones. Y también se debe explicar por qué el mes pasado la Legislatura aprobó el gasto de un millón y medio de pesos más, con el argumento de que hay que terminar esa estatua que no cuesta ni 200.000 pesos.
Teniendo en cuenta que el Bellas Artes es, o debería ser, el organismo legitimador de la calidad y de consagración por excelencia, Burucúa añade: « Respecto de los artistas contemporáneos vivos, un board de críticos, historiadores y gestores culturales debería determinar qué exposiciones hacer en ese campo (que, por otra parte, cubren muy bien otras instituciones), muestras que no serían sino dos por año y muy importantes».
Lo interesante del debate es que en primer lugar, el secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, manifestó que está dispuesto a escuchar y a ejercer su autoridad. Y finalmente, se sabe que si se produjeran los cambios esperados, habría un cambio rotundo en el perfil de quienes se preparan para concursar por la dirección del Museo.
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