Los minutos pasan. La mujer intenta infructuosamente comunicarse telefónicamente con alguien que debe darle ciertas instrucciones y a quien parece unirla un vínculo pasional. Prepara los micrófonos, el grabador y la cámara, pero aquel a quien espera para grabar un reportaje que debe permanecer en secreto no aparece. Alguien llama a la puerta... con temor la mujer atiende el llamado. El hombre que llega es supuestamente un huésped del hotel, atrapado como ella en el lugar. ¿O tal vez la persona a quien ella espera?
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Todo es ambiguo. Pero ambos están solos. Atrapados en un sitio desde donde sólo se distinguen por la ventana las corridas de la gente, el humo... Y se oyen ráfagas de disparos. El hombre sufre de alucinaciones, le propone compartir una cena... Aunque con desconfianza, la mujer acepta. Por momentos comparten una ceremonia desolada, irrisoria. Cuyo único sentido es saber que alguien comparte la sensación de extrañeza e inseguridad que atenaza a cada uno de ellos. Todo vínculo con el exterior se ha roto. Como si ambos fueran los únicos sobrevivientes. La pieza de Susana Yasan participa del clima de las obras de Pinter o de Beckett y es interesante.
Pero la puesta no aclara el sentido de la pieza. Demasiado involucrada con su propio material, Yasan no lo desentraña. No da ninguna pista. Todo es aleatorio. Tal vez éste sea el mensaje que trata de comunicar, pero deja a criterio del espectador sacar las conclusiones. Son correctas las interpretaciones de Virginia Lombardo e Iván Moschner. Y apropiada la ambientación de Marino Mendiola.
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