19 de abril 2001 - 00:00

Tenso relato sobre la crisis del siglo

Escena del film.
Escena del film.
Luego de la crisis de los misiles en Cuba, la posibilidad de una hecatombe nuclear en el planeta inspiró de inmediato la imaginación de numerosos cineastas. De aquella época, dos títulos permanecieron como emblemáticos: el mordaz «Doctor Insólito, o cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba», de Stanley Kubrick, y su contracara «seria», «Límite de seguridad», de Sidney Lumet, en la que el presidente Henry Fonda terminaba oprimiendo el botón rojo.

«Trece días», casi a la manera de un docu-drama y desde la mirada tranquilizadora del nuevo siglo, se ocupa de esas casi dos semanas (del 16 al 28 de octubre de 1962) en las que los Estados Unidos y la ex Unión Soviética estuvieron al borde de lo que pudo haber sido la catástrofe definitiva de una historia cuyo final, varias veces, fue proclamado por los entusiastas de la poshistoria, y que seguramente interpretarán como otro de sus síntomas la función privada de este film que Kevin Costner compartió con Fidel Castro en La Habana, la semana pasada.

Sin embargo, «Trece días» no es lo inocentemente objetiva que se pretende (por ejemplo, subestima el retiro del armamento nuclear norteamericano de Turquía, base de la negociación, como si la concesión propia hubiese sido sacarse de encima algunos cacharros obsoletos) y no deja de ser, aunque mucho más tenuemente que otras veces, «cine de bandera». Pero es eficaz, no hay duda, y entretenida y tensionante también.

De esa forma, la nueva película de Roger Donaldson está planteada como un thriller político, con el plus de tener como base el fantasma histórico por excelencia del siglo XX, cuya recreación provoca escalofríos aun en quienes no lo han vivido o en quienes eran demasiado chicos cuando estaba ocurriendo.

La crisis de los misiles se desata cuando el consejero de seguridad le muestra a John Kennedy una serie de fotos, tomadas en San Cristóbal, Cuba, en las que se ven misiles soviéticos apuntando a los Estados Unidos. Los acontecimientos se suceden con una rapidez que no deja margen para reflexiones y apenas un agónico espacio para negociaciones sembradas de mentiras y mensajes cruzados y contradictorios.

El guión, que adopta la mirada del amigo y consejero presidencial Kenneth O'Donnell ( Costner), agiganta el papel que le cupo a Kennedy en persona, en un escenario donde no estuvo excluida la posibilidad de un golpe, para frenar el decidido belicismo de todos sus mandos militares que querían invadir Cuba y recién después sentarse a negociar. Siempre que quedara alguna silla en pie: la Unión Soviética, de producirse el ataque, respondería invadiendo Berlín occidental.

El reparto y las caracterizaciones de
«Trece días» transmiten nervio y credibilidad: Bruce Greenwood se lleva los laureles. Su Kennedy es rico en matices, sus indecisiones y la firmeza que debe sacar de cualquier rincón para encontrarle una salida a la crisis definen sus condiciones de gran intérprete (excelente la escena en la que se afloja la corbata y desea, por un instante, que cualquier otro venga a ocupar su lugar).

Otro gran actor es
Dylan Baker en el papel del secretario de Defensa Robert McNamara, que debe sobreponer la autoridad para desafiar los impulsos militares y algunas operaciones puestas en marcha de manera cada vez más autónoma, con sus relativos conocimientos técnicos en materia bélica. Michael Fairman, como Adlai Stevenson, representante de los EE.UU. en las Naciones Unidas, aporta el toque de color; su transformación en una personalidad persuasiva y firme, contra un pasado endeble, tal vez sea demasiado forzada pero funciona bien a los fines dramáticos.

Costner, voluntariamente, se reservó un protagónico de relativo peso. En el film, su importancia no es tanto el papel que cumplió en la oreja de Kennedy, sino la de servir como «puente vigía» para la conducta del resto de los personajes, que son los que están haciendo la historia. La escenografía de los tempranos '60, así como todo el «aire de la época» (extremada la noche clave en la que Kennedy decide romper el silencio y hablar por televisión al país, desatando el pánico colectivo, las iglesias atestadas y la locura en los supermercados), es otro logro nada menor.

Dejá tu comentario

Te puede interesar