5 de junio 2001 - 00:00
"Trabajo mejor acá desde que me fue bien en Europa"
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Manfredo Kraemer.
M.K.: Es una falsa dicotomía la de oponer el barroco como algo objetivo al romanticismo como algo subjetivo. El barroco es también muy emocionante y es una música tan expresiva como cualquier otra. Es lo mismo que pasa cuando uno no conoce otro idioma o lo conoce muy superficialmente. A medida que se va adentrando en él, va descubriendo nuevas cosas, otras convenciones, y así va disfrutando cada vez más de sus valores.
P.: ¿Por qué, en su concierto de Buenos Aires que dedicará a la familia Bach, ha incluido obras de algunos parientes de Johann Sebastian no muy conocidos?
M.K.: Creo que es un acto de justicia. Por cierto, uno tiende a dejarse conquistar muy fácilmente por las grandes figuras. Y la monumentalidad de Johann Sebastian, a quien se ha home-najeado muchísimo el año pasado, nos ha ocultado a otros músicos contemporáneos; entre ellos, a algunos familiares. Pero curiosamente, la mayor información biográfica sobre ellos (su tío abuelo Heinrich, su primo Johann Bernhard, su tío Johann Christoph, más allá de sus hijos, que son más conocidos) nos llegó a través del propio Bach. El coleccionaba su música, porque le parecía valiosa. Porque, además, en la actualidad, Bach es más eminente como compositor que en su época, cuando se lo tenía más como organista.
P.: Como artista que pretende rescatar el lenguaje original del barroco, ¿le molesta la relectura que han hecho los románticos, aplicando grandes orquestas a la música de Bach?
M.K.: Me parece una ignorancia perdonable, porque en el romanticismo no tenían la información que tenemos ahora. Pero sí les cabe el honor de haber reflotado un repertorio que estaba en el olvido. Mucho le debemos, por ejemplo, a Mendelssohn en el rescate de Bach.
P.: ¿Cuánto hay de improvisación en la música barroca?
M.F.: Muchísimo, si consideramos que la partitura es más letra muerta que en los períodos posteriores. Es mucho lo que no está escrito y que uno debe hacer a partir del aprendizaje de las reglas y convenciones de esos tiempos. Afortunadamente, los estudios musicológicos han avanzado mucho, y sabemos lo que pasaba en esa época con un margen de error muy pequeño, incluso en el tema «tempi» que es difícil de establecer, porque no hay marcaciones metronómicas.
P.: ¿Qué sensación le produce tocar en su país como si fuera un artista extranjero?
M.K.: En realidad, hace unos 6 años que estoy radicado nuevamente en Córdoba; volví porque me tiraba la montaña. Pero paso 6 o 7 meses afuera. En cuanto a su pregunta, le diría que por supuesto que me ha ayudado hacer una carrera en el exterior y que trabajo mejor aquí desde que me fue bien en Europa. Acá tenemos la mala costumbre de mirar mucho hacia afuera sin darnos cuenta de los valores que tenemos aquí. En la Argentina, hay mucha gente interesada en esta música, con ganas de hacerla y de escucharla. Pero, igualmente, se hace difícil trabajar acá. No somos ajenos a la crisis que vivimos todos.
P.: ¿Le interesa esa música que los estudiosos suelen calificar como «barroco americano»?
M.K.: Para ser honesto, no mucho. Además, hay dos corrientes bien distintas. Una es la de los compositores que estaban en Perú, en Guatemala o en México, pero que eran españoles radicados en América, algunos de los cuales dejaron música de muy alta calidad. La otra corriente es la de la música misional, que considero de menor calidad, más allá de la explotación que puede haber hecho de ella la industria discográfica, aprovechando su carácter exótico. Y es lógico, porque ésa no era una música dedicada al placer de un público «culto», sino creada como instrumento de evangelización de los indígenas. Entonces, tenía que ser más simple.




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