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7 de junio 2009 - 19:31

«Tu última oportunidad»

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El buen oficio de Dustin Hoffman y Emma Thompson y los paseos de ambos por una Londres magnética evitan el naufragio de la comedia romántica «crepuscular» «Tu última oportunidad».
«Tu última oportunidad» (Last Chance Harvey, EE.UU., 2008, habl. en inglés). Dir. y guión: J. Hopkins. Int.: D. Hoffman E. Thompson, E. Atkins, L. Balaban, J. Brolin, K. Baker.

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Para ver Londres y a dos buenos actores

Esta es una de esas películas que de antemano dan cierta mala espina o, más bien dicho, bastante prejuicio. ¿Una comedia romántica protagonizada por Dustin Hoffman y Emma Thompson? Peor, si se lee que algunos han definido esto como una historia de amor «crepuscular». ¿Emma Thompson en el crepúsculo de su vida? ¿Ya? Por fortuna, el título original aclara que la «última oportunidad» es de Harvey, vale decir de Hoffman. Y por fortuna, también, aunque no pudo, no supo o no quiso escapar de las convenciones hollywoodenses para el género, el joven director británico Joel Hopkins tiene sentido del recato. Eso y los actores protagónicos de algún modo le salvan la película.

El guión del mismo Hopkins lleva a Londres al frustrado pianista de jazz norteamericano Harvey Shine para el casamiento de su hija. Paralelamente al rosario de fracasos que acumula en unas pocas horas (el «inaceptable» traje claro que se pone, que su hija no lo elija a él como padrino sino a su distinguidísimo padrastro, que desde Nueva York lo despidan de la empresa en la que odia componer jingles, etcétera), se ven los de la «solterona» inglesa Kate (Thompson). Básicamente se la ve padecer a una madre caricaturescamente cargosa y una humillante cita a ciegas con un hombre más joven. Queda claro: ningún dechado de originalidad, ni mucho menos. Pero el oficio de ambos sostiene casi cualquier cosa. Lo mejor, el disfrutable diálogo que mantienen en el primer encuentro casual. Lo peor, cuando ella se prueba unos vestidos para acompañarlo al casamiento.

También se disfrutan los paseos de ambos por una Londres novedosa y magnética (se nota que Hopkins es un londinense enamorado). Luego vienen los cambios milagrosos de rigor, principalmente en Harvey, sin importar lo «mayorcito» que es (palabra de Kate), ni el verosímil, por supuesto. Pero, nada de lo que ocurre llega a provocar lo que se temía. Salvo, eso sí, la subtrama de la madre de Kate y su vecino, cuyo desenlace está inserto en medio de los títulos finales, y toda ella es tan extraña al tono general que, sencillamente, es un disparate.

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