Un Dickens moderno y más sentimental

Espectáculos

«Los coristas» («Les choristes», Francia, 2004, habl. en fr.). Dir.: C. Barratier. Int.: G. Jugnot, F. Berléand, K. Merad, J. P. Bonnaire, J. Perrin.

Pudo ser muy triste la vida de los chicos internados en Le fond de l'Etang, uno de esos lugares que parecen salidos de las páginas de Dickens o de Eugene Sue, pero salen de las afueras de cualquier pueblo. Pero de donde los chicos no salen. Porque los reglamentos los crea un hombre que no los quiere. Hasta que viene otro que sí los quiere, y con paciencia y tolerancia les enseña a confiar, hacerse cargo de sus macanitas, y desarrollar el sentido de disciplina, de grupo, y, en este caso en particular, también el sentido artístico. A través del que cuaja todo lo demás.

La historia ya fue llevada al cine en 1945 como «La cage aux rossignols», por Michel Dreville (no confundir con el posterior Deville), con el entonces popular comediante Nöel-Nöel como el celador que transforma un grupo de pequeños demonios en un coro de voces celestiales. En su momento fue candidata al Oscar al mejor guión, igual que «Los coristas» acaba de serlo al mejor film extranjero, y mejor canción.

• Unidad

Se comentó mucho, entonces, no sólo el encanto de la historia, sino también su empleo del coro como representación de la unidad francesa, y su alegórico final en una iglesia. Aquí eso de la unidad sólo surge en un acertado chiste sobre el deporte y la música como elementos de cohesión nacional, y el final está naturalmente cambiado, como cambian los tiempos, de la posguerra en la primera versión, a 1949, casi 1950, en la nueva, más bonita y liviana.

Todo empieza cuando, en el presente, dos viejos ex alumnos releen el diario íntimo del celador: su encuentro con la realidad del lugar, su paulatino y constante esfuerzo por cambiarla, sus logros, el gusto de ver el orgullo, la alegría y el agradecimiento en los ojos de un chico, y también, claro, las limitaciones del «experimento pedagógico». Todo se equilibra, las situaciones feas e injustas con las simpáticas y satisfactorias. Y todo se sublima, en las viejas canciones populares cuando se prueban las voces, en la explosión de hermosos temas de
Bruno Coulais, en «La nuit» de Rameau, y en una hermosa despedida que pocos imaginan.

Justo ahí, cabe una objeción de tipo docente (digamos sólo que el maestro hubiera juntado los papelitos de cada uno de sus alumnos, sin dejar ninguno), pero la composición de la imagen pedía otra cosa, y es muy difícil discutir un carácter con un diseñador de imagen. La película tiene esa tendencia a la paquetería, naturalmente ayudada por el lindo paisaje de l'Auvergne. Que a fin de cuentas no incomoda, sino todo lo contrario. La obra tiene su encanto, y la gente sale del cine con una sonrisa de ternura, alguna lagrimita, y también varias reflexiones, y algunas ilusiones acerca de los buenos maestros.

Otro mérito: el héroe de la historia no es ningún carilindo, sino un gordito pelado, temeroso, creíble. Gran papel de
Gerard Jugnot, viejo partiquino en cintas de entretenimiento, y hasta conductor de algunas de ellas, todas flojas. Dirección y coautoría de «Los coristas», Christophe Barratier, debutante. Producción y actuación (como el director de orquesta del comienzo), el bendito Jacques Perrin, el mismo productorde, entre otras, «Cinema Paradiso», «Tocando el cielo», y una buenísima de aventuras, franco-nepalesa, que alguien debería animarse a estrenar en Argentina: «Himalaya, o La infancia de un jefe», que hará un par de años también fue candidata al Oscar a mejor película extranjera.

Por supuesto, los chicos de la película deben ser unos desafinados bárbaros. Lo que se escucha, es el coro de los
Petits Chanteurs de San Marc, una gloria.

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