24 de mayo 2001 - 00:00
Un Hamlet excéntrico, pero vivo y luminoso
-
La segunda temporada de una serie sobre una de las argentinas más relevantes para la política mundial ya se encuentra disponible en Prime Video
-
Darío Lopilato se accidentó y fue internado: será operado en las próximas horas
Ethan Hawke.
Para Bloom, el misterio Hamlet no logra ser explicado entre las mediocres paredes del castillo de Elsinor, al que define como una «ratonera», como tampoco puede concebir que el rey y la reina hayan engendrado un hijo de las características intelectuales del príncipe. Ethan Hawke, como Hamlet: retratar al príncipe como un joven "dark", en cuyo interior se juega la batalla de la rebeldía y la resignación, no es un criterio erróneo. Por el contrario, parece muy plausible.
Esa trascendencia, que define en buena medida la modernidad del personaje, también allana muchas de sus reencarnaciones. Hamlet ha conocido (padecido a veces) todas las variaciones imaginables, y se ha visto sometido a los talentos o los caprichos de los directores más diversos. Retratarlo como un joven «dark», como es el caso de este film, en cuyo interior se juegan las batallas de la indecisión y la lealtad, de la rebeldía y la resignación, del desamparo y la urgencia por recuperar un lugar en un mundo que le arrebataron, y al que ni siquiera sabe si quiere pertenecer, no es un criterio erróneo. Por el contrario, parece muy plausible.
Contrapunto
La tecnificada puesta que abunda en micrófonos ocultos, cámaras de video, computadoras de última generación y el despliegue de varios íconos del siglo XX, en contrapunto con el fluido musical del verso shakesperiano, termina por volverse más interesante y atractiva que la de Kenneth Branagh, cuyo abrumador « Hamlet» pierde en la comparación.
Almereyda corta y saltea algunos momentos fundamentales, como el de la calavera de Yorick, pero la naturaleza de la obra permanece intacta y, tal vez, más inmediata y accesible. Agrega algún otro, también, como las anticipaciones alucinatorias al suicidio de Ofelia, lo que dentro de su versión explica mejor la decisión final del personaje.
El célebre monólogo, resuelto de una forma entre irónica e incisiva, evita el habitual «síndrome de Laurence Olivier»: Hamlet lo va rumiando en su interior, mientras se pasea por los pasillos de un Blockbuster en la sección de videos de «acción». Ahora, tampoco es teatro la representación de la muerte del rey ante los culpables, sino la proyección de un «video arte» que él mismo compagina con fragmentos de películas alquiladas.
El asesinato de Polonio (estupendo Bill Murray), la traición de Rosenkrantz y Guildenstern, o las presiones mafiosas de Claudio (al que restituye su carácter de matón de guante blanco), además del duelo final en una azotea, son otros tantos aciertos de una versión que seguramente chocaría en Oxford (pero no menos en Hollywood), y que participa del aliento y la emoción de los clásicos. Aun con todo su ruido.


Dejá tu comentario