24 de mayo 2001 - 00:00

Un Hamlet excéntrico, pero vivo y luminoso

Ethan Hawke.
Ethan Hawke.
«Ser o no ser» («Hamlet», 2000; EE.UU., habl. en inglés). Dir.: M. Almereyda. Int.: E. Hawke, K. MacLachlan, D. Venora, B. Murray y otros.

La sola idea de un «Hamlet» ambientado en la Nueva York de hoy, posmoderno y musicalizado con una mezcla de rock pesado, Brahms y Tchaicowsky, predispone al escalofrío y el cinismo. La sensación es aún mayor cuando se recuerdan algunas recientes mortificaciones de Shakespeare, como la abominable «Romeo y Julieta», con Leonardo Di Caprio.

Borges, 60 años atrás, anticipaba la condena cuando escribió: « Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebière o a Don Quijote en Wall Street, sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo, o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas».

En efecto, aquí Hamlet se pasea por Wall Street, donde su tío Claudio arrebató el mando de la poderosa corporación Denmark Inc. a su padre (ya sabemos cómo) y se casó con su madre, Gertrudis. Algo huele mal, pero en un sentido muy distinto.

Las escenas iniciales de la película, que respeta escrupulosamente la métrica isabelina pese a los Armani, los rascacielos y Times Square, los taxis y los penthouses, golpean el oído y desafían la tolerancia. Tendemos a pensar que, inevitablemente, habrá por delante otro largo «carnaval inútil». Sin embargo, a poco de que se acepte entrar en el juego (aunque, es verdad, esto puede no llegar a ocurrir), el film de Michael Almereyda despierta otro tipo de sensaciones.

Su «Hamlet» no se reconoce en las vergonzantes divulgaciones «à la mode», que parten de un inocultable odio a los clásicos (como aquella « Romeo y Julieta»), sino, casi sorprendentemente, en el apego a ellos. Sin duda, esta versión tendrá sus fervorosos burladores, pero sólo por injusticia, o ceguera, se le podría negar su paradójica fidelidad a la obra, su extraño aunque no inmediato encanto, sus múltiples hallazgos artísticos y la nobleza de algunas de sus interpretaciones, como la de Sam Shepard como el Fantasma del padre (ese papel que, según la historia, interpretó el propio Shakespeare), y la del mismo protagonista, Ethan Hawke. Harold Bloom, en su monumental estudio sobre el poeta, afirmó que el personaje de Hamlet trasciende no sólo la propia obra, sino también los estrechos límites de su marco y cuadro familiar.

Para
Bloom, el misterio Hamlet no logra ser explicado entre las mediocres paredes del castillo de Elsinor, al que define como una «ratonera», como tampoco puede concebir que el rey y la reina hayan engendrado un hijo de las características intelectuales del príncipe. Ethan Hawke, como Hamlet: retratar al príncipe como un joven "dark", en cuyo interior se juega la batalla de la rebeldía y la resignación, no es un criterio erróneo. Por el contrario, parece muy plausible.

Esa trascendencia, que define en buena medida la modernidad del personaje, también allana muchas de sus reencarnaciones. Hamlet ha conocido (padecido a veces) todas las variaciones imaginables, y se ha visto sometido a los talentos o los caprichos de los directores más diversos. Retratarlo como un joven «dark», como es el caso de este film, en cuyo interior se juegan las batallas de la indecisión y la lealtad, de la rebeldía y la resignación, del desamparo y la urgencia por recuperar un lugar en un mundo que le arrebataron, y al que ni siquiera sabe si quiere pertenecer, no es un criterio erróneo. Por el contrario, parece muy plausible.

Contrapunto

La tecnificada puesta que abunda en micrófonos ocultos, cámaras de video, computadoras de última generación y el despliegue de varios íconos del siglo XX, en contrapunto con el fluido musical del verso shakesperiano, termina por volverse más interesante y atractiva que la de Kenneth Branagh, cuyo abrumador « Hamlet» pierde en la comparación.

Almereyda corta y saltea algunos momentos fundamentales, como el de la calavera de Yorick, pero la naturaleza de la obra permanece intacta y, tal vez, más inmediata y accesible. Agrega algún otro, también, como las anticipaciones alucinatorias al suicidio de Ofelia, lo que dentro de su versión explica mejor la decisión final del personaje.

El célebre monólogo, resuelto de una forma entre irónica e incisiva, evita el habitual «
síndrome de Laurence Olivier»: Hamlet lo va rumiando en su interior, mientras se pasea por los pasillos de un Blockbuster en la sección de videos de «acción». Ahora, tampoco es teatro la representación de la muerte del rey ante los culpables, sino la proyección de un «video arte» que él mismo compagina con fragmentos de películas alquiladas.

El asesinato de Polonio (estupendo
Bill Murray), la traición de Rosenkrantz y Guildenstern, o las presiones mafiosas de Claudio (al que restituye su carácter de matón de guante blanco), además del duelo final en una azotea, son otros tantos aciertos de una versión que seguramente chocaría en Oxford (pero no menos en Hollywood), y que participa del aliento y la emoción de los clásicos. Aun con todo su ruido.

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