Ana María Stekelman especifica desde el título «Tango vals tango» la estructura de su espectáculo. También los contenidos coreográficos, que divididos en tres partes, de alguna manera explican el origen y la evolución de nuestra música ciudadana.
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La primera gran secuencia de la obra es una verdadera «Antología Stekelman». Se hallan en ella los planteos estéticos, el compromiso con la realidad, la originalidad de los diseños coreográficos y las citas a otras obras suyas, elementos todos que conforman un «estilo Stekelman». Mixtura
La mixtura de la danza contemporánea con el tango tradicional ocupa el pensamiento de la autora, que hace que los bailarines interpreten desde el sonido violento de tiros y fusilamientos como los no menos violentos discursos políticos hasta la música de los milongueros.
La segunda instancia -vals-emerge como un sueño romántico. Los grises del vestuario, la suave ironía en las relaciones hombre-mujer y la delicada evolución del movimiento avivan ciertas referencias freudianas y la poesía surrealista que siempre referencian la obra de Stekelman.
La última secuencia -otra vez el tango-cuenta en el escenario a diez bandoneonistas. Diez bailarines para diez músicos, con partes puramente instrumentales y otras bailadas sobre partituras de Astor Piazzolla.
La estructura cierra con intención cíclica. El equilibrio armónico queda restablecido. Tango de antes -especulación poética con el vals-, tango de hoy. La pareja humana deambula en un ir y venir temporal. Bella propuesta no sólo como danza sino como clima sonoro, gracias a una estupenda banda elaborada por Rudnitzky a la que se suman Gabriel Rivano (primer bandoneón) con sus acompañantes, en una suerte de ritual religioso.
Las luces diseñadas por Latorre, así como los vestuarios de Jorge Ferrari, completan una creación de visión imprescindible para los amantes de la danza.
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