“En este momento del mundo en donde estamos tan conectados con estímulos externos, con la inmediatez, la rapidez de las imágenes, la poca escucha, todo lo que nos aleja del otro, la obra propone lo contrario. Poder conectarnos y escucharnos. Desde el escenario veo a la gente que, al mirarme, sigue a un cuerpo de carne y hueso y eso es maravilloso”, dice Lourdes Invierno, autora y protagonista de “El sueño del bosque”, una relectura contemporánea de Hamlet.
La obra que dirige Javier Cano se presenta los domingos a las 19 en El Camarín de las Musas, y es un unipersonal donde la tragedia se vuelve íntima, femenina y feroz. Conversamos con Invierno sobre el origen de la obra y las decisiones arriesgadas que tomó al montar un clásico universal como Hamlet.
Periodista: El origen del proyecto es tan íntimo como la obra misma: el deseo de decir Hamlet y una historia personal marcada por la muerte del padre. Desde ese cruce nace una pieza donde el teatro aparece como única forma posible de atravesar el dolor y transformarlo en acto escénico. ¿Qué otras obras sobre le muerte del padre pueden resonar también? ¿Por qué Hamlet es la madre de las obras?
Lourdes Invierno: Obviamente, Hamlet es la más icónica, pero se me vienen como clásicas desde Edipo Rey, que a pesar de ser un parricidio toda la obra está marcada por la figura paterna y su pérdida, la Odisea y lo que genera en el núcleo familiar su ausencia, hasta La casa de Bernarda Alba, que tras la muerte del padre se desata una guerra de venganza, poder, envidia en la familia. Dentro del teatro contemporáneo podría mencionar al Zoo de cristal que, aunque no sabemos con certeza el destino del padre, su ausencia funciona como una herida permanente en la familia y Agosto Condado de Osange en donde la desaparición y muerte del padre hace explotar a la una familia entera.
P.: ¿Qué podés decir específicamente de Hamlet?
L.I.: Puede ser considerada la madre de las obras por muchos motivos, entre los principales porque es una obra que habla del mundo y también del propio teatro. Hamlet como personaje propone algo muy moderno, que es un protagonista que piensa mucho, duda, analiza, se contradice, observa. Reemplaza al héroe épico al preguntarse ¿cómo vivir después de la muerte del padre? Que implica la caída de un orden, la pérdida de la identidad, el pasaje obligado a la adultez. Y además porque trata al mismo tiempo, la tragedia política, la filosofía, es un thriller, la locura, el teatro dentro del teatro, el deseo, los conflictos familiares, el duelo, la venganza ,contiene casi todas las formas posibles del teatro. Sigmund Freud y Lacan han vuelto una y otra vea a Hamlet porque funciona como un sueño colectivo del teatro occidental.
P.: La obra dialoga con Hamlet no como adaptación, sino como espejo. Lourdes, Ángela y Hamlet conviven en un mismo cuerpo escénico: ¿cómo se superponen los tres planos en un relato donde lo autobiográfico y lo ficcional se confunden?
L.I.: Cuando comenzamos el proceso de escritura el criterio dramatúrgico que utilizamos fue fundamentalmente tener como guía la historia de Hamlet, de Shakespeare y a partir de ahí construimos el texto que la protagonista de la obra dice. Se construyó en tres planos de representación: el de la actriz, Lourdes, y su deseo de hacer la obra de Shakespeare, la protagonista de la obra de ficción, Angela que cuenta lo ficcional y el tercer plano es el de Hamlet, príncipe de Dinamarca. En un solo acto, la obra mantiene la tensión y logra unir los tres planos de representación de una manera totalmente natural generando una sola obra desde el primer momento.
P.: Presentan un unipersonal que combina monólogo, música en vivo y una puesta minimalista para construir una tragedia contemporánea sobre la herencia, el duelo y la necesidad de hacer justicia, ¿qué desafío implica esto en escena?
L.I.: La decisión de que fuera una puesta minimalista, fue adrede. Desafiandonos a que el público esté una hora solo viendo los pocos elementos escenográficos, la luz, y escuchando la música y sonidos. Es una obra apoyada en mi palabra y mi cuerpo. En este momento del mundo en donde estamos tan conectados con estímulos externos, con la inmediatez, la rapidez de las imágenes, la poca escucha, todo lo que nos aleja del otro, la obra propone lo contrario. Poder conectarnos sensiblemente con uno mismo y escucharnos. Desde el escenario veo a la gente que, al mirarme, sigue a un cuerpo de carne y hueso y eso es maravilloso.
P.: Familia, poder, violencia, acoso se cruzan con una pregunta clásica que sigue resonando ¿qué hacemos con la verdad cuando finalmente aparece? ¿Qué podés reflexionar?
L.I.: Es una pregunta profundamente hamletiana. Qué hacer después de saber…pienso que la verdad no libera automáticamente, de hecho en Hamlet se devela bastante temprano, sino que desarma, rompe la ficción que sostenía una familia, un amor, una identidad. Ahí aparece algo muy teatral que es la acción y en esa instancia cada uno hace lo que puede. En el sueño del bosque, Ángela y Hamlet deciden hacer justicia a través de la venganza y Lourdes (yo), le presta el cuerpo y el alma para que la tragedia suceda. Me propuse con este proyecto poder reflexionar acerca de la muerte de un ser querido del cual no pudiste despedirte. La obra Hamlet fue el disparador para conectarme con esa herida tan profunda y sensible que es la pérdida del padre y sobre todo cuando no hubo despedida. Todavía me pregunto si el arte cura, lo que sí puede hacer es darle forma a lo que todavía no tiene lenguaje. En el teatro ocurre algo muy particular, el dolor se vuelve presencia colectiva, entonces el duelo privado, cuando entra en escena, deja de pertenecer solamente a quien lo sufrió, soy consciente de que el público no soluciona ese sufrimiento, pero lo acompaña con su mirada. Y eso transforma algo, por eso escribo, por eso actúo.