21 de octubre 2004 - 00:00

Una historia de amor que el tiempo mejoró

Ethan Hawke y Julie Delpy encarnan a los mismos personajes que hicieron hace 9 años y que ahora, más maduros y reflexivos, vuelven a encontrarse en la admirable «Antes del atardecer».
Ethan Hawke y Julie Delpy encarnan a los mismos personajes que hicieron hace 9 años y que ahora, más maduros y reflexivos, vuelven a encontrarse en la admirable «Antes del atardecer».
«Antes del atardecer» (Before sunset, EE.UU., 2004, habl. en inglés y francés). Dir.: R. Linklater. Guión: R. Linklater, J. Delpy y E. Hawke. Int.: J. Delpy, E. Hawke.

Pocas veces una secuela tan pertinente como ésta que retoma a dos personajes inolvidables nueve años después del breve encuentro juvenil que marcó sus vidas en «Antes del amanecer», la revelación de Richard Linklater, un director diferente dentro del cine norteamericano. Lo diferencian, fundamentalmente, ocuparse del paso del tiempo en películas que cubren no más de 24 horas en la vida de alguien («Antes del amanecer», justamente); y cómo pone el lenguaje por encima de las imágenes, sin olvidarse nunca de que está haciendo cine.

En el primer film (no es condición sine qua non haberlo visto para disfrutar éste, pero es un placer extra apreciar el crecimiento de los personajes junto con sus imprescindibles actores), Jesse ( Ethan Hawke) y Céline ( Julie Delpy) eran dos jóvenes viajeros, él norteamericano y ella francesa, que se conocieron en un tren, se la pasaron toda la noche hablando y, flechados, se despidieron en Viena con la promesa de volverse a ver allí mismo en seis meses.

«Antes del atardecer»
los hace toparse mucho después en una librería de París, donde él promociona una novela en la que recrea aquel encuentro fugaz. Ella se presenta allí y basta ver la primera mirada que cruzan para confiar en que esta secuela no haya sido hecha en vano.

Esta vez, la pareja tiene apenas la hora que le falta a Jesse para abordar su avión de regreso a Nueva York. Todo un límite que proporciona al film la intensidad del tiempo real y al espectador la ilusión de caminar junto a los protagonistas para no perderles palabra. De paso, se recorre una París cautivante, sin regodeos paisajísticos sino como encuadre natural de la anécdota: una librería, un café, un paseo por el Sena... Mérito de Linklater y su director de fotografía.

Pero, lo que domina de nuevo es la palabra, ahora mejorada -y en el original ya admirable-, por la intervención de Delpy y Hawke en la escritura de los diálogos. Gracias a eso, ambos los dicen con la espontaneidad, la frescura y el humor que aparecen cuando todavía no se sacrificó la sinceridad en aras de la idealización del otro. Conversan, se cuentan, se interrogan, pasan por todos los temas «de actualidad» posibles (y no dicen tonterías, dicho sea de paso), siempre abiertos a la opinión del otro y atentos a cualquier impostura porque no tienen tiempo que perder ni ganas de perderlo.

La música, perfecta, incluye tres canciones interpretadas por Julie Delpy, entre ellas la que su Céline le canta a Jesse en una de las escenas más deliciosamente románticas de la película.

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