18 de enero 2005 - 00:00

Una inteligente comedia del Oscar Martínez dramaturgo

Los excelentes Julio Chávez, Soledad Villamil y Juan Leyrado animan la comedia divertida e inteligente (sin alardes intelectuales) que marca el debut de Oscar Martínez como autor.
Los excelentes Julio Chávez, Soledad Villamil y Juan Leyrado animan la comedia divertida e inteligente (sin alardes intelectuales) que marca el debut de Oscar Martínez como autor.
«Ella en mi cabeza» Libro y Dir.: O. Martínez. Int.: J. Chávez, S.Villamil y J. Leyrado. Esc.: E.Basaldúa. Dis. Luces: A. Del Mastro y M. Cuervo. SupervisiónVest.: M. Mendoza. Ambientación Mus.: F. Marrale. (Paseo La Plaza - Sala Pablo Neruda)

El debut autoral del actor Oscar Martínez no podría haber sido más auspicioso. «Ella en mi cabeza» es una comedia inteligente, divertida y de exquisita factura dramática, que analiza la conducta de su protagonista desde las profundidades de su conciencia. Adrián (Julio Chávez) está atravesando una profunda crisis existencial que le quita el sueño y lo llena de resentimientos hacia su mujer, la bella y cerebral Laura (Soledad Villamil). El precario equilibrio emocional que fueron construyendo en diez años de matrimonio comienza a derrumbarse, y en principio Adrián se niega a reconocerlo, buscando culpables y haciendo caso omiso de la responsabilidad que le compete.

La obra se inicia con un hilarante monólogo de Chávez que da cuenta, con una mordacidad inusitada, de las muchas frustraciones que depara la institución matrimonial. Sus lúcidos comentarios, no exentos de cierta «maldad» (odia que su mujer sea tan aguda y veloz en sus réplicas), calan hondo en la platea y provocan carcajadas, sobre todo cuando Adrián se muestra como un neurótico insoportable, al mejor estilo Woody Allen.

• Contenidos

Cabe aclarar, sin embargo, que Martínez no apeló a una sumatoria de frases ingeniosas o situaciones desopilantes, sino a un material de sólida estructura dramática, que trabaja sobre contenidos subyacentes y propone distintos niveles de lectura (bastante más complejos de lo que podría deducirse a través de una mera síntesis argumental). La obra debe buena parte de su originalidad y fluidez a la eficaz articulación entre sus diferentes secuencias temporales y espaciales.

A una discusión entre Adrián y Laura, puede superponérsele otra escena fantaseada por el protagonista, y ésta a su vez puede estar infiltrada por un diálogo con el psicoanalista y por la presencia imaginaria de Laura (a la que Adrián siempre lleva en su cabeza).

Esto hace que la obra esté llena de sorpresas y de elaboradísimas vueltas de tuerca, siempre al servicio de la acción y de las emociones que ésta conlleva, sin ningún alarde intelectual. Sirva de ejemplo, la escena en que Adrián se resiste a ir a una fiesta de cumpleaños, pero se niega a reconocerlo. Esa discusión, entre Villamil y Chávez, está expuesta con una verosimilitud pocas veces vista en teatro. A la magnífica labor de ambos se suma, con igual eficacia, el desempeño de Juan Leyrado, a quien se lo ve muy cómodo en el rol de analista. La coherencia y rigurosidad de su cálido personaje, termina resultando -quizás involuntariamente- la mejor propaganda a favor del psicoanálisis incluida en una obra de alcance masivo.

La puesta de
Martínez es impecable en todos sus rubros, pero en ella se destaca muy especialmente la notable interpretación de Julio Chávez, en uno de los papeles más brillantes de su carrera. Por último, la escenografía de Emilio Basaldúa y el diseño de iluminación de Ariel Del Mastro y Marcelo Cuervo (con un peso clave en la acción) respaldan a su vez la óptima calidad de esta comedia.

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