Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

3 de septiembre 2026 - 14:18

Una quinta portuguesa de identidades prestadas

Entre Portugal, Barcelona y Angola, la directora Avelina Prat construye un relato de vidas abandonadas y nombres ajenos, sostenido por grandes intérpretes y un mecanismo narrativo demasiado visible

ver más

Maria de Medeiros y Manolo Solo en "Una quinta en Portugal"

Borges escribió, en "El Sur" y en "La trama", que a la realidad le gustan las simetrías. A la directora y guionista de "Una quinta en Portugal", Avelina Prat, también, y quizá demasiado, porque toda su película está basada en ellas. Trataremos de revisarlas sin dañar, en lo posible, las sorpresas que esta historia, plácida y bella, esconde para el espectador y en la cual sus personajes, antes que dueños de sus propios destinos, parecen habérselos confiado a ese guion de simetrías y repeticiones que los ha establecido de antemano.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Fernando (Manolo Solo) es profesor universitario de geografía en Barcelona. Su vida, en apariencia tan ordenada como sus mapas, se derrumba cuando Milena (Kasia Kapcia), su mujer serbia, desaparece sin aviso. La policía averigua que ha regresado a su país, pero Fernando decide no ir tras los pasos de quien no quiere que la encuentren. La percanta que lo amuró en lo mejor de su vida (la policía desliza incluso la hipótesis de que ella, al casarse, sólo hubiera querido regularizar su situación en España, algo que él rechaza) provoca que Fernando deje todo y se marche adonde lo lleve el viento.

En el camino conoce a Manuel (Xavi Mira), un jardinero que viaja hacia Portugal para trabajar en una quinta. Por razones azarosas (el azar y las simetrías, otra vez Borges), es el propio Fernando quien termina presentándose en esa propiedad con el nombre y el empleo de Manuel. Dura tarea para alguien que, como él, jamás ha de haber hecho ni una germinación en su vida.

Allí conoce a Amália (la sublime Maria de Medeiros), dueña de la quinta, una mujer madura y observadora, y tan proclive como él a ocultar su pasado. Prat se toma su tiempo para relatar, pero la película tiene una rara fascinación de la que carecen, en general, estas historias que aman la lentitud. Siempre se ve con placer, nunca aburre. La relación entre Fernando y Amália está bien narrada porque evita todos los lugares comunes, sobre todo el romance de manual que parecería cantado. Hay entre ellos una intimidad cómplice en la que cada uno sabe que el otro miente pero, salvo en el momento exacto, las cartas no se ponen sobre la mesa.

Manolo Solo ayuda a sostener ese tono a través de una perplejidad permanente, apenas exteriorizada, y logra superar lo poco verosímil de su personaje, rasgo que ya arranca con su matrimonio, pues ignora prácticamente todo el pasado de su abandónica serbia. Maria de Medeiros trabaja en otra frecuencia, más luminosa y enigmática. Pero ninguno, como se dijo antes, hace camino al andar: ese camino ya está prefijado.

Milena abandona una vida; Fernando, la suya. Fernando cambia de nombre y, más tarde, se completa el círculo. Debe regresar a Barcelona con un fin específico y una alarma previa: su departamento, que creía desocupado y quiere poner en venta, está habitado por Milena. Al menos, así le informan en Portugal. Pero Milena no es Milena sino otra mujer serbia, interpretada por Branka Kati, que se hace llamar como su ex y vive efectivamente en su departamento. Más tarde descubriremos, junto con Fernando, su verdadero nombre y qué hace allí, pero sobre esto conviene decir lo menos posible.

La película necesita que la historia iniciada con Milena encuentre su correspondencia exacta en la de Fernando; necesita que una identidad abandonada pueda ser ocupada por otro, tal como Fernando se apropió de una identidad ajena y se hace llamar Manuel.

El peso de las simetrías

Es allí donde la simetría empieza a pasarle factura a la película. Lo que había sucedido en Portugal encuentra su correspondencia en Barcelona. Esto afecta especialmente a Milena, que acaba encajando en la misma trama de desarraigo, abandono e identidad que los demás personajes. Lo desconocido adquiere una causa, la causa produce una consecuencia y esa consecuencia completa la simetría que faltaba. El guion gana en geometría lo que pierde en misterio.

El modo elegido para proporcionar ciertas respuestas resulta, hacia el final, menos sutil. Durante más de una hora, los misterios se habían apoyado en la elipsis y la información incompleta, pero cerca del desenlace la película necesita que las palabras nos proporcionen la información que falta. No es que cada una de las revelaciones resulte inverosímil sino que la fragilidad proviene de su acumulación: demasiados hechos han debido ocurrir de la manera precisa para que un personaje termine convertido en el reflejo perfecto de otro. A veces esperamos, mientras la vemos, una resolución de orden fantástico, como en “Lejana” de Julio Cortázar, pero no. Todo es realista.

La película, pese a todo, consigue que una historia edificada sobre improbabilidades conserve una apariencia de naturalidad. La quinta portuguesa, además, no funciona sólo como escenario paradisíaco. La historia de Amália se enlaza con un capítulo del pasado colonial de Portugal en Angola y lo hace muy bien.

Quizá por eso las mejores escenas sean las menos sometidas al mecanismo de las simetrías: Fernando y Amália observándose, inventando una proximidad para la que el argumento todavía no ha preparado una coartada y todo es posible. En esos momentos, el film permite que sus personajes existan antes de convertirlos en piezas de un engranaje.

Cuando finalmente todos los puntos empiezan a unirse, recordamos otra vez a Borges: a la realidad pueden gustarle las simetrías, pero en la ficción conviene que no se perciba demasiado la voluntad que las ordena.

“Una quinta en Portugal” (“Una quinta portuguesa”, España-Portugal, 2025). Dir.: Avelina Prat. Int.: Manolo Solo, Maria de Medeiros, Branka Kati, Rita Cabaço.

Últimas noticias

Te puede interesar

Otras noticias