6 de junio 2001 - 00:00

Vale por la sutileza de las actuaciones

Quinteros y de Nito.
Quinteros y de Nito.
«Siempre lloverá en algún lugar», de M. Macarini. Dir.: M. Minetti. Esc. y vest.: C. Di Pasquo. Mús.: R. Anna. Int.: L. Quinteros y P. de Nito. (Teatro El Doble.)

Las dos mujeres que viven atrincheradas en su casa, para escapar de la violencia que reina alrededor, han sido testigos de un pasado mejor. Tratando de adaptarse al mundo en el que les toca vivir, han terminado por no saber quiénes son.

Manuel Macarini
ha intentado reflejar demasiadas cosas en su pieza: la globalización, la intrusión de un lenguaje utilizado por los medios para crear una especie de locura colectiva, una especie de Torre de Babel en la que todos hablan de todo sin saber de nada, la jerga de la cibernética, la aparición de mutantes, la nostalgia de un pasado que tal vez existió sólo en la imaginación...

Por eso, la obra es confusa y su estilo de absurdo más cercano al de René de Obaldía que al de Ionesco, aunque la genealogía de las dos hermanas se asemeje mucho a la de «La cantante calva». Como el autor, el director Mauricio Minetti, se ha apoyado especialmente en la ductilidad de los actores, lo que beneficia el resultado final del espectáculo.

Con extrema finura y excelentes recursos, Lorenzo Quinteros compone a la hermana más pacata, temerosa de todo y menos decidida que la otra que aún se arriesga a internarse en la selva bancaria y a hacer algunas compras, interpretada acertadamente por Pablo de Nito. Ambos hacen creíbles a las dos estrafalarias y disparatadas criaturas que caen en el pánico ante la aparición de una cucaracha y son capaces de confundir a un perro callejero con un antiguo amante de la mayor, aparentemente más ligera de cascos.

El vestuario de Carlos Di Pasquo tiene la propiedad de dibujar con precisión los diferentes caracteres. Y la música y los efectos de Rick Anna subrayan el clima de delirio que reina en el ambiente burgués de la casa.

No se puede dejar de mencionar a Garufa, el perro pequinés que acepta mansamente la confusión y colabora con el desarrollo de la acción como un actor consumado, robándose las escenas en las que interviene. En suma, un espectáculo que apela al dislate y permite el lucimiento de los actores, que evidentemente disfrutan del juego, y juegan con sutileza y elegancia.

Dejá tu comentario

Te puede interesar