16 de enero 2004 - 00:00

Verdades profundas, pero demasiado oídas

Verdades profundas, pero demasiado oídas
«El gran regreso» de S. Kribus. Versión de F. Masllorens y F. González del Pino. Dir.: A. Alcón con la colaboración de O. Bonet. Int.: A. Alcón y N. Cabré (Sala Pablo Neruda. Complejo La Plaza).

"El gran regreso" es una de esas comedias dramáticas que tanto abundan en el teatro comercial, en la que los personajes hablan de sus frustraciones y deseos con naturalidad. El problema reside en que ninguno de los conflictos que allí emergen despiertan algo más que una mera identificación.

El protagonista de esta pieza es un viejo actor de origen judío que regresa a la actuación con un papel soñado, el «Rey Lear» de Shakespeare. Pero su inseguridad ante tamaño compromiso lo lleva a instalarse en el hogar de su hijo Enrique a fin de que éste lo acompañe durante el período de ensayos.

Curiosamente, parece ignorar que su irascible vástago (recientemente abandonado por su mujer y despedido de su empleo) no es la persona indicada para apuntalar a un actor mediocre y egoísta que hasta en su rol paterno dejó bastante que desear.

El actor y dramaturgo belga Serge Kribus (1962), de renombre en Francia, rodeó a este encuentro entre padre e hijo de una recargada emocionalidad. Delineó a dos seres hipersensibles e incapaces de dominar sus enojos, que a lo largo de la obra se desprecian y se seducen, se rechazan y se protegen, y pasan del insulto a la ternura con una sorprendente rapidez.

•Collage

A tal punto, que este collage de sentimientos nunca llega a construir un conflicto más o menos sólido que invite a reflexionar sobre la pregunta central de la obra: ¿qué es lo que consolida la identidad de un hombre: ser padre, ser hijo, o en este caso haber sido depositario de la tradición judía, marcada por el recuerdo del Holocausto?

Los secretos de familia emergen abruptamente en una noche complicada por el alcohol, pero ninguno de los temas que se enuncian en la obra aparece tratado en profundidad.

La puesta se apoya exclusivamente en los trabajos de
Alfredo Alcón, quien anima a un judío tragicómico y extravagante (muy parecido al personaje que interpretó en «Las variaciones Goldberg») y el de Nicolás Cabré, mucho más joven de lo que pide el autor, pero capaz de sostener sin fisuras la violencia interna del personaje y su sensación de fracaso. Ambos intérpretes salen airosos de este gran cóctel de emociones que propone el autor, si bien el carácter unitario de cada escena y la pasmosa volubilidad de sus personajes no hacen más que subrayar el formato televisivo, donde no falta la típica escena en la mesa con comida «de verdad». Lo que no resulta verosímil es que estos conflictivos personajes purguen sus culpas, de la noche a la mañana, sin mediar una verdadera confrontación o puesta en claro.

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