16 de enero 2004 - 00:00
Verdades profundas, pero demasiado oídas
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A tal punto, que este collage de sentimientos nunca llega a construir un conflicto más o menos sólido que invite a reflexionar sobre la pregunta central de la obra: ¿qué es lo que consolida la identidad de un hombre: ser padre, ser hijo, o en este caso haber sido depositario de la tradición judía, marcada por el recuerdo del Holocausto?
Los secretos de familia emergen abruptamente en una noche complicada por el alcohol, pero ninguno de los temas que se enuncian en la obra aparece tratado en profundidad.
La puesta se apoya exclusivamente en los trabajos de Alfredo Alcón, quien anima a un judío tragicómico y extravagante (muy parecido al personaje que interpretó en «Las variaciones Goldberg») y el de Nicolás Cabré, mucho más joven de lo que pide el autor, pero capaz de sostener sin fisuras la violencia interna del personaje y su sensación de fracaso. Ambos intérpretes salen airosos de este gran cóctel de emociones que propone el autor, si bien el carácter unitario de cada escena y la pasmosa volubilidad de sus personajes no hacen más que subrayar el formato televisivo, donde no falta la típica escena en la mesa con comida «de verdad». Lo que no resulta verosímil es que estos conflictivos personajes purguen sus culpas, de la noche a la mañana, sin mediar una verdadera confrontación o puesta en claro.

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